Baja California Sur, México

Tras recorrer durante varios días el estado de Baja California Norte, La Mula Negra y sus dos inquilinos siguen viajando rumbo al sur. La primera etapa, de varios días, termina en San Juanico, un legendario pico de Surf. Finalmente legan a San José del Cabo, donde un tiroteo relacionado con el Narco revuelve su estancia.

Camino a San Juanico 

Escuche carnal, si siguen la rodada llegarán al Dátil. Allí dicen que les manda El Nega, en El Dátil todos me conocen.”, de esta manera nos indicaba El Nega el camino a El Dátil, un poblado de veinte casuchas sin terminar y setenta habitantes, en medio del desierto. El mar no obstante se encontraba cerca, y cuando las lluvias torrenciales y las marejadas hacían su trabajo dejaban tras de sí, sobre el arenisco terreno, inmensas salinas. En El Dátil algunas casas tienen el piso de tierra. Ninguna de ellas está conectada al servicio público ni tiene ordenador o lavadora. Sólo existen seis televisiones en todo el pueblo. Sorprendente.

Seguir la rodada como nos decía El Nega no era fácil, como tampoco es meridianamente cierto que todos los caminos lleguen a San Juanico, tal y como les gusta decir. Para llegar allí es preciso un acto de fe. Es necesario rehuir de la indecisión que provocan dos caminos opuestos. Seguir acelerando aunque creas que te alejas de la costa o que la senda antagónica que has escogido va a llegar a su fin y a su término encontrarás bestias insalvables. La lógica se convierte en una imperfección cuando se trata de surcar las interminables pistas de caliza que se dirigen a San Juanico.

La tierra caliza, pastosa y sólida al mismo tiempo, sufre sucesivas mutaciones. Primero presenta anchas pistas de tierra húmeda, luego se convierte en angostos caminos de arena suelta y movediza, y finalmente muda a una superficie más navegable, formada por tierra pedregosa. Pero en La Mula Negra ninguna vereda es difícil de atravesar, ni mucho menos intransitable. La Mula es dura como el acero, un Jeep Cherokee, 4×4 o doble como dicen allí. La suspensión, castigada por un exagerado historial de vaivenes, hace estragos para amortiguar los baches, pero por estos caminos se mueve como suave seda. Sobre el asfalto es otra historia. Para cuando llevábamos dos semanas de viaje, el derrotado amortiguador delantero ya nos estaba jugando tres o cuatro malas pasadas al día, estando al borde de la catástrofe en varias ocasiones. Al superar pequeños agujeros de la carretera a cierta velocidad, la suspensión saltaba y comenzaba un balanceo incontrolable acompañado de vibraciones catatónicas; el coche se movía de un carril a otro y amenazaba con terminar en la cuneta.

En El Dátil conocimos a una mujer que había crecido allí pero actualmente vivía con su familia en Ciudad Constitución, la gran población más próxima. “¿Allí también hace tanto calor?”, le preguntamos. “Las cosas hay que aceptarlas como el Señor las mande, el tiempo es cosita de Dios”, decía mientras recogía agua. Y luego también nos habló de su admiración por Hombres G, a quienes había conseguido escuchar en directo hacía una década. Es sorprendente la cantidad de músicos a quienes México les dio la gloria en sus inicios o les rescató cuando se encontraban en momentos de declive en España. No es de extrañar que muchos grupos musicales vayan a “hacer las Américas” por esta razón, como los toreros. “Bonitos recuerdos tenemos con ustedes, la Madre Patria… ¡está padre!”, sentenció.

“¿Allí también hace tanto calor?”, le preguntamos. “Las cosas hay que aceptarlas como el Señor las mande, el tiempo es cosita de Dios”, decía mientras recogía agua. Y finalmente sentenció, “bonitos recuerdos tenemos con ustedes, la Madre Patria… ¡está padre!”

De camino a San Juanico hicimos noche en medio del desierto. Pudimos comprobar una vez más que efectivamente en el desierto, cuando no existe ninguna clase de contaminación visual (como la luz artificial), somos capaces de ver con claridad todo cuanto nos rodea.

Al día siguiente, después de conducir desde el amanecer (unas seis horas) conseguimos llegar a nuestro destino. Fin de etapa. San Juanico, donde nos encontramos con una playa preciosa, tan larga y salvaje. Y sus olas, un paraíso terrenal para el tablón.

San Juanico es un lugar de peregrinación en el mundo del Surf desde que en los años setenta se descubriese la segunda ola más grande del mundo. Los gringos, en su ávido afán de imponerse allí donde van y prostituir todo lo que tocan, rebautizaron el lugar como Scorpion Bay y lo llenaron de los suyos. Actualmente hay una densa población de expatriados allí. Algunos viven en caravanas junto a la playa.

Los gringos, en su ávido afán de imponerse allí donde van y prostituir todo lo que tocan, rebautizaron el lugar como Scorpion Bay.

San José del Cabo

Antes de conocer que en San José existe un aeropuerto con vuelos directos desde varias ciudades del país vecino, nos sorprendió que prácticamente todos sus habitantes hablaban inglés. No sólo eso, en muchos comercios los menús estaban escritos en la lengua de Shakespeare y las cuentas se podían pagar en dólares. Incluso, había un Walmart. No tardamos en darnos cuenta de que habíamos ido a parar a un pequeño enclave escrupulosamente construido para los yanquis. En un país más pobre que el suyo no podía faltar su pedacito de “América” (tal y como les gusta a ellos llamarse, como si fuesen los únicos habitantes del continente). Realmente, los turistas que visitan este pequeño oasis del sur de Baja California buscan única y exclusivamente el descanso entre los suyos. Predominan los grandes complejos hoteleros, donde ni siquiera es necesario bajar a la playa o salir a cenar.

En La Palmilla mataron a tres. Ocurrió el 6 de agosto. La noche antes habíamos aparcado el coche en la playa. Carlos decidió dormir sobre la arena, a la intemperie, porque el calor era insoportable. Yo aguanté dentro del coche. A las nueve de la mañana y todavía en ayunas nos fuimos de allí para surfear en la siguiente playa. Pocas horas más tarde salíamos de un supermercado extrañados de la escasa densidad de personas que había en la calle. Varios coches del ejército patrullaban la zona. Mientras nos abastecíamos de leche, cereales y fruta, un convoy de todoterrenos había bajado precipitadamente por la estrecha carretera que unía la autovía con la playa de La Palmilla, donde nosotros habíamos estado durmiendo horas antes. Se olía la tragedia.

Mientras nos abastecíamos de leche, cereales y fruta, un convoy de todoterrenos había bajado precipitadamente por la estrecha carretera que unía la autovía con la playa de La Palmilla, donde nosotros habíamos estado durmiendo horas antes. Se olía la tragedia.

A plena luz del día, rodeados de los huéspedes de un hotel de lujo y un exclusivo club de golf a pie de playa, los narcos vaciaron sus armas automáticas a sangre fría, causando la muerte de tres varones que se encontraban tomando el sol.

Después de consumar la masacre, los sicarios habían subido a sus coches y sin darse excesiva prisa, como si el tiempo no les apremiase, emprendieron su fuga. La policía tardó media hora en llegar al lugar del crimen. Una de las hipótesis que oímos allí decía que las víctimas habían distribuido la droga de sus vengativos verdugos y no habían devuelto todo el dinero estipulado. Se trataba de un ajuste de cuentas.

Pero el episodio de La Palmilla no fue un caso aislado en 2017. Y mucho menos en Baja California Sur, donde la tasa de asesinatos se ha más que triplicado en los últimos tres años (desde la preocupante cifra de 52 homicidios en 2014 a la friolera de 200 en 2017). En proporción, el estado de Baja California Sur registró en 2017 una tasa de violencia mayor que la de países como Honduras y El Salvador, hasta ahora considerados los países más violentos del planeta. Durante la semana en la que nosotros estuvimos allí fueron asesinadas 35 personas, y sólo en el mes de octubre se contabilizaron 91 asesinatos. Con estos datos sobre la mesa, no es difícil entender que el 2017 haya sido el más violento de los últimos veinte años de la historia de México.

Pero el episodio de La Palmilla no fue un caso aislado en 2017. Y mucho menos en Baja California Sur, donde la tasa de asesinatos se ha más que triplicado en los últimos tres años.

El calor de San José nos fustigaba con fuerza y resultaba absolutamente insoportable permanecer bajo su dominio. Mi hermano y yo buscábamos protección bajo las palmeras y tapias, pero nuestros esfuerzos eran inútiles. Nuestro estéril empeño nos dejaba a la merced de un oasis donde el dinero era la única moneda de cambio. Sin embargo, nuestro limitado presupuesto para cada día nos impedía encontrar protección en los hoteles adyacentes. Tras un rotundo fracaso en nuestro primer intento de colarnos en la piscina de unos apartamentos, decidimos aspirar a mayores lujos.

Nuestro estéril empeño nos dejaba a la merced de un oasis donde el dinero era la única moneda de cambio.

Conduciendo por los alrededores podíamos contemplar a una multitud de extranjeros refrescarse en las colosales piscinas del Hotel Barceló Gran Faro Los Cabos. El descomunal hotel tenía todo lo que necesitábamos, así que con una dosis de idiosincrasia española y un poco de suerte, podríamos disfrutar de todas las comodidades para sobrevivir a la tarde. La poca vergüenza, muy importante en momentos críticos como este, nos permitió acceder irregularmente a la zona de piscinas. Media hora después estábamos tumbados a la sombra con medio cuerpo sumergido en la piscina.

De todos modos, episodios como este ponían en evidencia el desamparo de los clandestinos, los sin papeles y otros habituales de las canciones de Manu Chao. No podíamos cuanto menos compadecernos de ellos y dar gracias a la vida de que este no fuese nuestro pan de cada día.

Al día siguiente nos marchábamos de San José a primera hora de la mañana rumbo a La Paz, donde nos esperaba el Ferry que nos llevaría hasta Mazatlán, en el estado de Sinaloa. Aunque no teníamos ninguna pena de irnos de San José, sí de Baja California. Pero al otro lado de la bahía nos esperaban nuevas aventuras. El primer reto sería cruzar todo el estado de Sinaloa en medio día, sin que nos cayese la noche encima.

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