Eid Mubarack

Era nueve de agosto y la comunidad musulmana en Calcuta celebrara el final del Ramadam. Tras numerosas jornadas de ayuno y sacrificio, se lanzaron alegremente a las calles.

Luces de todos los colores, carteles y música por las avenidas. Niños por todas partes, corriendo y bailando. Abrazos, muchos abrazos. “Eid Mubarack!”, se decían los unos a los otros. El ruido ensordecedor de grandes cilindradas anunciaba un espectáculo único en la India; tres, cuatro y hasta cinco personas en una motocicleta. Jóvenes a grandes velocidades por calles inundadas de personas, a las que sorteaban milagrosamente, divirtiéndose en lo que podría ser (si de verdad se torcieran las cosas) su último Ramadám.

¿Qué hacía yo en una celebración del Islam tan ajena a mis costumbres religiosas? Pues lo de siempre, ya sabéis. Mirar, mirar y mirar. Aunque esta vez no por el mero interés de observar, sino como pasatiempo mientras esperaba a una persona. Esa persona era Imran Khan, un compañero de prácticas de mi amigo Adithya Iyer, que sería quien nos abriría las puertas a esta festividad.

Yo me había vestido para la ocasión tal y como me había advertido mi gran mentor, el señor Wikipedia. Los feligreses han de vestir para la ocasión sus mejores prendas, preferiblemente blancas, limpias y bien perfumadas. Así que me puse el Kurta que mi amigo Anubhaf me había regalado esa misma mañana, los pantalones de hilo que uso prácticamente todos los días, y me rocié el cuerpo entero de Álvarez Gómez (lejos de perseguir fines religiosos, pensé que quizás su aroma, exótico en estas tierras, atraería la atención de alguna mujer bella).

Por fin llegó nuestro anfitrión y nos llevó hasta su casa. Entramos en un edificio viejo, oscuro y con un perturbador olor a humedad. La mayoría de las viviendas en esta ciudad (o por lo menos las más antiguas) siguen la siguiente estructura. La entrada desde la calle es un estrecho pasillo sin iluminación que nos conduce hasta un patio cerrado. Este no está pensado para ser acogedor, no es más que un espacio abierto en el que se levanta una escalera imposible, de diminutos peldaños, cuyo único propósito parece ser siniestrar a los visitantes y proteger a sus inquilinos, que conocen sus trampas a la perfección. Esta escalera asesina nos conduce a las respectivas plantas. Aquí hace falta aclarar que en este tipo de viviendas no existe el concepto de “apartamento” o “piso”. Cada familia es propietaria de una, dos o más habitaciones, dependiendo de su poder adquisitivo. Nuestro nuevo amigo tenía dos cuartos, uno de ellos en el primer piso y otro en el segundo. Nos llevó al de la primera planta.

El vestíbulo no era gran cosa. Una cama de matrimonio nada más entrar, un estrecho sofá, una televisión de las de antes, libros apilados en las paredes y al fondo una modesta cocina. Un mantel sobre el suelo cubierto de alfombras hacía de comedor.

Después de saludar a la madre y al hermano pequeño de Imran nos acomodamos en el suelo. Mientras la madre cocinaba la cena, el hermano nos trajo bebidas. Empezamos a conversar sobre Calcuta y terminamos hablando de Derecho. Durante este tiempo recibimos varias visitas. Primero llegó el padre de Imran, que nos dio la bienvenida. Más tarde llegaron varios familiares a felicitarle el Eid (final del Ramadam). También se dejaron caer algunos de sus hermanos pequeños. En efecto, Imran era el mayor de una familia de seis hermanos.

Por fin llegó la comida. Auténtica comida india, muy lejos del repetitivo menú de la residencia. La gran variedad de platos que nos sirvieron era abrumadora, y su calidad exquisita, incluso para mi ignorante paladar made in Spain, poco acostumbrado a la cocina de Oriente. Comí hasta saciar el hambre y seguí comiendo por cortesía; probando de aquí, probando de ahí… Nuestros anfitriones nos ofrecían platos sin tregua. Era tal la determinación con la que Imran insistía en que degustásemos todo, que incluso eché en falta un sirviente para que probase cada plato antes que yo, pues cualquiera diría que me estaban tratando de envenenar. Pero cuando finalmente trajeron el postre, supe que no estaba allí para ser traicionado, sino que los dioses del panteón hindú me habían llevado hasta aquél lugar para ser testigo de la grandeza de la cocina india. Fui testigo y ahora soy mensajero.

Terminamos de cenar y alguien dijo, “mira George, en la India, mientras comes no tienes que levantarte ni siquiera para lavarte las manos”. En ese momento uno de los hermanos de Imran se acercó a mí con un plato hondo y una jarra de agua.

Mientras nos despedíamos muy agradecidos por su hospitalidad, nos insistieron en que volviésemos cuando quisiéramos, sin previo aviso, y que cocinarían para nosotros. Les dimos las gracias de nuevo y salimos de la habitación. Muchos, la mayoría niños, se asomaban con curiosidad para vernos, pues no estaban acostumbrados a ver piel blanca por el barrio. Lancé una sonrisa amable a algunos de ellos, que tímidamente me la devolvieron para acto seguido desaparecer en la oscuridad de sus casas.

Una vez en la calle cogimos un auto (es una moto de tres ruedas que puede transportar hasta seis personas aparte del conductor) de vuelta a la universidad. No era un auto como los que estaba acostumbrado a ver. El conductor había instalado un equipo de música, luces de neón, y aquello parecía una discoteca. El extasiado piloto, que aquella madrugada de calles abarrotadas creía haberse reencarnado en el mismísimo Valentino Gandhi, podría haber sido el responsable del cierre de este blog. Allahu Akbaru! (Alah es Grande).

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