El Mar de Cortés, Sinaloa y Nayarit

Cruzando el Mar de Cortés

Para cruzar con un coche extranjero desde La Paz (sureste de Baja California Sur) hasta Mazatlán (estado peninsular de Sinaloa) es necesario disponer de un permiso especial. Realmente, se trata de un depósito que debe realizarse en el momento de entrada a México, de aproximadamente doscientos euros, y cuya devolución se produce cuando el vehículo sale de México por cualquiera de sus fronteras. Normalmente los oficiales aduaneros a la hora de entrar en el país sólo se lo exigen a quienes vayan a permanecer en el mismo durante un periodo superior a dos semanas. Sin embargo, la autoridad portuaria de La Paz lo requiere cuando un vehículo con matrícula extranjera se dispone a embarcar en este puerto. Otras jurisdicciones como Topolobampo también lo requieren. Su finalidad es evitar la importación irregular de vehículos extranjeros, principalmente por parte de los Estados Unidos.

Tras haber realizado todos los trámites oportunos el día anterior, estábamos listos para embarcar. Éramos uno de los pocos vehículos de recreo en la cola, siendo el resto camiones, y por eso fuimos los primeros en subir la rampa del ferri. Esto significaba que al llegar a Mazatlán seríamos los últimos en desembarcar. Y así fue, ajustando aún más nuestros plazos.

La travesía en barco fue uno de los momentos que más disfrutamos de todo el viaje, a pesar del apagón que sufrimos y que demoró nuestra llegada un par de horas. Durante el viaje conocimos a El Pitufo, un padre de familia que viajaba con su hija. Regresaban de Cabo San Lucas, ciudad próxima y similar a San José, pero con más vida nocturna (parecida a Cancún). Allí habían estado celebrando “los quince” de la niña, que en México representa el paso a la vida adulta. Su padre le había dado a escoger entre una fiesta o un viaje a Baja California. Nos contaron que El Pitufo regentaba la “Carnecita El Pitufo”, en Nayarit. Estuvimos con ellos toda la noche en el bar-restaurante, donde daban un concierto muy divertido.

Al término del concierto vino lo mejor. Era la hora del karaoke. El público que llenaba la enorme sala estaba formado mayoritariamente por camioneros. Hace falta imaginar al camionero gordo con camiseta de tirantes, el cliché, y luego restarle un poco de tamaño y ponerle un bigote. Así juntamos dos estereotipos. El caso es que uno tras otro se levantaban y nos deleitaban a todos con rancheras y baladas sorprendentemente bien cantadas. Tenían una voz genuinamente buena, además de ponerle mucho sentimiento a las letras. Clásicos como Camino de Guanajuato, Acá entre nosMujeres Divinas. Jamás había imaginado una escena tan grotesca – camioneros entonando con voces agudas canciones de amor. Así la Tekate sabía mucho mejor.

Asimismo, me percaté de que mis conocimientos de la música mexicana eran bastante encomiables a estas alturas del viaje, pues conocía la mayoría de las canciones. La primera ranchera que escuché en mi vida fue durante mi niñez y la cantó mi abuelo en Navidad acompañado de la guitarra. Ahora, años más tarde, había rescatado las rancheras como parte esencial de la preparación del viaje. Vicente Fernández “El Chente” había copado todos mis desayunos y duchas durante los últimos tres meses. Pero también otros artistas, como Marco Antonio Solís “el Buki” y Roberto Carlos.

Al día siguiente llegábamos al puerto de Mazatlán bastante cansados del viaje. Tras varias horas esperando a que saliesen todos los camiones del barco, Charlie consiguió desembarcar y pusimos rumbo a Nayarit.

Adentrándonos en Sinaloa y Nayarit

Sólo pronunciar el nombre nos daba miedo. Sonaba a cártel, a sangre derramada, a noticias terribles en los periódicos. La policía militar recorría el poblacho de Escuinapa de Hidalgo en convoy – rancheras blindadas con una gigante ametralladora en la parte de atrás. Tensión.

Pero una vez más, el miedo lo llevábamos nosotros dentro. Los últimos meses en Sinaloa habían sido tranquilos. Parece que los gobernantes ya se habían puesto de acuerdo con los narcos. Cuando no llegan a un acuerdo – sobre cómo van a repartirse los dineros – empieza la violencia. Por esta precisa razón, en 2017 los protagonistas fueron otros estados; como Baja California Sur, Guerrero y Sonora.

No obstante, nunca hay que bajar la guardia ni dejar de ser precavido. Por ejemplo, conviene no manejar de noche. También es recomendable hacer caso omiso de cualquier alerta en la carretera. “Si ven a alguien al ladito del camino pidiendo auxilio, no se detengan”, nos decían. Es cierto. En Baja California una niña corría por la carretera mientras hacía aspavientos con los brazos. Parar a ver qué pasaba era un lujo que no nos pudimos permitir. En México la vida no vale nada, y no hacen distinción entre turistas. El problema: que como siempre, pagan justos por pecadores.

Pero los problemas no sólo surgen en la carretera. “Cuídense de los rateros, y no se metan en el interior”, nos dijo un señor. Eran frases que se repetían continuamente. En la playa de San Blas dos señores nos adviertieron – “no vayan al fondo de la playa, hay gente mala en esta zona”. Y parecía increíble pensar que San Blas era peligroso. Se respiraba paz y había turismo. En el muelle de San Blas se inspiró Fher Olvera para escribir la célebre canción de Maná, la historia de aquél amor fatal.

Nuestro recelo creció minuto a minuto, hasta que tomamos la decisión de marcharnos de allí rumbo a Sayulita. Justo antes de irnos, mientras Charlie preguntaba por las olas en esta zona, yo entrevisté con mi cámara a un niño de diez años que deambulaba en bicicleta cerca del coche. Su frase final es digna de mención: “¿y para qué vinieron? ¿están juntando basura?”. Los niños, o los plebes como les llaman aquí, tienen su modo particular de ver las cosas. Me contó muchas cosas de esa forma tan anárquica que es característica de algunos niños, pero lo que más me impactó fue lo siguiente: “yo tengo seis años, mi hermana catorce, mi hermana doce, mi mamá veintitrés y mi papá sesenta.”

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