Estando en Almonte

Hace tiempo que tengo la imperiosa necesidad de escribir la historia de Manuel, onubense natural de Almonte. Domador de perros, maestro de Taekwondo y aficionado a la calistenia. Pero sobre todo lo demás, un sabio conversador.

Volvía yo de Portugal tras unos días en las playas de Sagres, donde había aprovechado para leer, surfear y descansar en soledad. De camino a Cádiz, decidí que haría noche en Almonte.

Estando en un bar de la plaza comiendo mollejas estofadas en salsa de tomate (acompañadas de un fino La Ina), se sentó a pocos metros de mí un señor mayor con una apariencia cuanto menos peculiar. Con su cabello como la plata y su tez morena, este individuo vestía una camiseta de tirantes rosa que guardaba por dentro de unas ajustadas mallas negras. Su calzado, unas zapatillas de tenis. A su lado un labrador todavía cachorro. La estampa era digna de ver, sobretodo su original atuendo.

No tardé en entablar conversación con él. Bueno, realmente fue el cachorro labrador quien se acercó a mí mendigando comida.

Antes de que el perro pudiese empezar a aprovechar los restos de comida que se esparcían por el suelo, Manuel lo detuvo desde la distancia. El perro quedó inmóvil, y a Manuel le había bastado un simple sonido para que así fuese. Lo que vino después fue un recital de adiestramiento. A pesar de su corta edad, el labrador obedecía a todo cuanto le decía Manuel.

Cada vez que decía algo citaba la fuente, y por eso supe que estaba ante un cerebro capaz de memorizar todo lo que se interpusiese en su camino.

Esto despertó mi curiosidad y terminé por sentarme con él. Me dio la mano pero no quiso detenerse en los preliminares; la cordialidad era para él una pérdida de tiempo, una pose, un sinsentido. Fue directo al grano. Con su acento cerrado y la gran velocidad que le caracterizaba a la hora de hablar, comenzó a decir: “Al igual que los humanos, los perros son animales gregarios que florecen cuando saben cuál es su trabajo para que la manada funcione a la perfección. Hay una razón muy clara de por qué necesitamos controlar a nuestras mascotas y es porque somos nosotros quienes las hemos introducido en nuestro mundo, y no al revés. Los hemos incluido en un universo de peligros desconocidos para ellos. Por último, no olvides nunca que tu perro es tu espejo, y su comportamiento será siempre, en cierto modo, reflejo del tuyo propio.” A partir de aquí Manuel saltaba de un tema a otro, pero siempre decía algo relacionado con los perros. Sorprendentemente, todas estas cosas que me contaba las recitaba de memoria. Cada vez que decía algo citaba la fuente, y por eso supe que estaba ante un cerebro capaz de memorizar todo lo que se interpusiese en su camino. Entre otros, sabía de memoria larguísimos pasajes de los libros del mexicano César Millán (el célebre “Encantador de Perros”, cuya vida se llevó a la gran pantalla con “El Perrero”, protagonizada por Will Smith).

Muchas veces se ha dicho que la memoria es la inteligencia de los tontos. Pero esto no es cierto. En el caso de Manuel, además, su inteligencia sobresalía cada vez que empezaba con una nueva lección canina. Esto es hasta tal punto, que cuando terminó de hablar una hora más tarde, hizo un resumen punto por punto sobre todo lo que me había contado – entonces me percaté de que el orden en que me había contado las cosas tenía su razón de ser.

El Rubio o El del Pastor Alemán, como le llaman en Almonte, me hizo saber durante dos intensas horas de conversación que tenía una obsesión por el deporte y los perros. La afición por los perros no se limitaba a la ingente cantidad de libros que había memorizado, sino que adiestraba los perros de los habitantes de Almonte. Si bien en esto no tenía rival, tampoco lo tenía en la condición física. A pesar de su edad, era capaz de hacer todo tipo de circuitos que dejarían en evidencia a muchos aficionados al Crossfit. Además, era cinturón negro de Taekwondo. Esto no me sorprendió cuando me contó su rutina. Prácticamente se pasaba todo el día con su vestimenta de deporte yendo de un lado para otro, porque para él todo lo que hacía a lo largo de la jornada era deporte. Si no estaba corriendo con los perros y adiestrándolos, estaba pedaleando sesenta kilómetros de ida y vuelta a Matalascañas, haciendo ejercicios y zumba en el gimnasio o, lo más divertido de ver, bailando en la peluquería del pueblo al ritmo de House. Manuel es famosísimo en Almonte.

Todas las noches su madre le bajaba una escupidera y le abría la cama. Mientras tanto él destapaba un bote de garbanzos crudos y cada vez que comía uno hacía una flexión. Así hasta terminarse el bote, cada noche.

Podría tener más de cincuenta años, pero su espíritu seguía en la flor de la juventud. Todas las noches, antes de dormir, su madre le bajaba a la habitación una escupidera (antigua usanza) y le abría la cama. Mientras tanto él destapaba un bote de garbanzos crudos y cada vez que comía uno hacía una flexión. Así hasta terminarse el bote, cada noche.

De joven le llamaban El Pitufo de Oro, por su pelo rubio. Tuvo una juventud complicada y siempre estuvo muy protegido por su madre, que en su vejez todavía cuida de él como si fuese un niño. En el servicio militar sólo duró una noche; estando con sus compañeros, probó su primer cigarro de cannabis de efectos  inesperados sobre él. Tales debieron ser esos efectos, que la mañana siguiente le dieron la dispensa y pudo volver a su casa.

A la vuelta tuvo lo que él llamaba “los dos grandes incidentes de mi vida”, que desembocaron en dos peleas. El primero consistió en un enfrentamiento con dos moros que estaban sembrando el miedo en Almonte y habían intentado robarle. Después de patearle la cara a uno de ellos, no volvieron a molestarle. El otro incidente era más complicado. Por aquellos días, una mujer de familia acomodada frecuentaba un piso donde reinaba el pecado. Según contaban esta mujer solía organizar, junto con un bohemio homosexual, orgías salvajes. Cuando un vecino de Almonte difundió la noticia de que solía acudir al piso la novia del mejor amigo de Manuel, éste no dudó en partirle la cara al difusor de las calumnias.

Así era Manuel.

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