Baja California Norte, México

Tras recorrer la costa oeste de los Estados Unidos durante dos semanas en el interior de un Jeep Cherokee – La Mula Negra -, Mulerías y su hermano mayor siguen su aventura en México. Concretamente, en Baja California.

Baja California Norte es aquél estado donde las áridas llanuras, los pedregosos montes y las salinas blancas conviven bajo las altas temperaturas del desierto, la brisa del Pacífico y el aroma del Mar de Cortés. Los primeros mexicanos que conocimos estaban aquí. En un territorio tan basto como impracticable.

Los problemas mecánicos del carro, auto o Mula Negra se empezaban a adivinar tan pronto como cruzamos la frontera de Tijuana, y en Rosarito ya era evidente que nuestra mula negra iba a ponernos dificultades en el camino. Un perrero indigente cruzaba la calzada seguido de quince canes descastados mientras intuíamos en el mapa la dirección a San Quintín. Las primeras impresiones eran difusas; confundidos por la rudeza del ambiente y el cansancio no llegábamos a concebir la idea de que efectivamente estábamos en México, el gran país que nos acogería durante los próximos veintiocho días. Mi hermano Carlos, yo, La Mula Negra y todo un país por descubrir.

Estábamos exhaustos a estas alturas del viaje, y teníamos motivos para ello. Llevábamos ya dos semanas recorriendo la costa oeste de los Estados Unidos, durmiendo en el coche o en la tienda de campaña a excepción de las tres noches que nos acogió una hospitalaria familia de Huntington Beach. En resumidas cuentas, no habíamos parado hasta que cruzamos el paso fronterizo de El Chaparral (muy próximo a San Diego) con más de dos mil trescientos kilómetros a nuestras espaldas en un todoterreno sin radio ni aire acondicionado.

San Miguel (200 km desde El Chaparral)

Finalmente llegamos a San Miguel, nuestra primera parada. Pronto la noche empezaría a asomarse, pero aún nos quedaba una hora de sol. Nos metimos al agua rápidamente para lo que sería nuestro primer baño en Baja. Aunque sólo éramos cuatro y había metro y medio de olas, yo no disfruté mucho ya que estuve pendiente del fondo de rocas que amenazaba con destrozarme a la primera de cambio.

Cuando salimos del agua todo era oscuridad. Manejamos hasta una taquería en la carretera principal del pueblo, pedimos dos Tekate y probamos el primer taco de nuestra vida. El primero de verdad.

Estábamos en México y nada era como lo imaginábamos. En la cena estuvimos intercambiando impresiones. Lo principal fueron los problemas burocráticos que tuvimos en la frontera – entre otros contratiempos, Carlos había intentado sin éxito registrar su salida de Estados Unidos, ya que su visado de trabajo le exigía este trámite. La periferia de Tijuana también nos había impactado, tan miserable. Pero todavía era pronto para sacar conclusiones.

Al día siguiente, y los que vinieron después, los pasamos en su totalidad dentro del coche. A ambos lados de la carretera sólo había aridez; era un paisaje de desolación, exageradamente infértil para la labor. Nos preguntábamos cómo podían ganarse la vida los colonos de estas paupérrimas tierras.

Sin embargo, nos fascinó la llaneza de sus gentes. Aquí aprendimos que una Llantera es un buen lugar para entablar conversación. Que conviene parar a hinchar una rueda aunque no sea preciso. Que los habitantes de Baja California son tan cálidos como su clima, siempre tan atentos y serviciales, con ganas de asistir al forastero.

También era común toparse con controles militares a lo largo del camino. Creo que esto es algo muy propio de Baja California, ya que no volvimos a encontrarnos con ninguno en otras partes del país. Al principio nos asustaba ver uniformes militares acuartelados en la diminuta línea que dibuja el horizonte, y a medida que nos acercábamos comenzábamos a ponernos nerviosos, movíamos de sitio las cosas, nos poníamos la camiseta, etcétera. Pero con el tiempo nos fuimos acostumbrando. “Buenas tardes, mi nombre es Ambrosio, esto es un control rutinario, ¿de dónde vienen ustedes?”, nos solían decir. Nada por lo que alarmarse. En cierta ocasión, nuestro amigo Ambrosio registró aleatoriamente todos los objetos donde nunca habríamos escondido droga o armas y me preguntó cuál era mi oficio. Le dije que era abogado, a lo que me inquirió con sincero interés: “¿y desde el punto de vista de un licenciado de leyes, qué le parecen estos controles rutinarios?”. No entendí por qué le suscitaba esto tanta curiosidad, pero no dudé en hablarle sobre lo importante que era mantener el orden aunque tuviésemos que renunciar a parte de nuestra libertad. Me dio las gracias efusivamente y nos dejó marchar.

Bahía de Los Ángeles (700 km desde El Chaparral)

Nuestro periplo a las orillas del Golfo de California empezaba a ser un retablo de contrastes, con el único denominador común del calor – el insufrible e incandescente calor de la Baja California.

El trazado que la Mula Negra dibujó en la vasta extensión que recorrimos esos días debía ser cuanto menos interesante. Habíamos decidido abordar la travesía de norte a sur en zigzag. Es decir, cruzamos dos veces de oeste a este a medida que bajábamos por la península de Baja California. Esto nos permitió advertir la mutabilidad del paisaje. Además, durante los primeros días nos agradaba la idea de que el terreno que pisábamos fuese anualmente la sede del mítico rally Baja 1000, el Paris Dakar norteamericano. Se trata de la carrera todoterreno de etapa única más larga del mundo, empezando en la ciudad-puerto de Ensenada y finalizando en La Paz.

Pocos días después de haber entrado en México (por la costa oeste), decidimos cruzar al este para entrar en contacto por primera vez con el icónico Mar de Cortés, bautizado por Jaques Cousteau (1910-1997) como “el acuario del mundo”. A las horillas de este rico ecosistema, que en su haber incluye uno de los pocos arrecifes de coral que todavía no han sido destruidos en el continente americano, biólogos de todo el mundo se han remangado para estudiar la evolución de las especies. Principalmente, en el Parque Nacional Cabo Pulmo, donde siete décadas antes John Steinbeck (1902-1968) llegaba desde la Bahía de Monterrey en el barco sardinero Western Flyer durante su gran exploración de la fauna y flora californiana. Fruto de esta expedición, que realizó con su colega el biólogo marino y Doctor Ed Ricketts, resultó una ingente cantidad de documentación sobre el particular ecosistema del Golfo de California. En la guantera de nuestro Jeep llevábamos uno de sus escritos más importantes, “The Log from the Sea of Cortez“, donde Steinbeck narra su viaje a la vez que reflexiona sobre los impulsos que llevan al Hombre a explorar el mundo.

Indiscutiblemente y a pesar de la considerable carga de trabajo que suponía la recolección de muestras, el viaje había servido al siempre inquieto autor para reflexionar sobre la vida en interminables coloquios con Ricketts a la luz de las estrellas. Esta era la época en la que los estadounidenses aún exportaban cosas valiosas al mundo.

Esta era la época en la que los estadounidenses aún exportaban cosas valiosas al mundo.

A nuestra llana manera, nosotros también deliberábamos sobre la vida. No teníamos otra alternativa. La ausencia de una radio nos forzaba a hablar, si bien mi gran debilidad de este viaje fue el cansancio. El calor siempre me ha aplatanado, entendido esto como la entrega a la indolencia o inactividad, en especial por influjo del ambiente o clima tropicales (aunque Baja California no se encuentre realmente en la franja tropical, y sí algunos estados peninsulares de México que visitaríamos posteriormente, como Oaxaca).

Llegamos a Bahía de Los Ángeles bien entrada la noche. La primera advertencia que nos hicieron antes de emprender el viaje a México era “no manejen de noche”, recomendación que nosotros desoímos por completo. El sol se había escondido cuando nos quedaba aún una hora para llegar a destino. Ante los primeros agobios, decidimos seguir nuestra marcha. La inmensidad del desierto por la noche nos parecía más peligrosa que cualquier otra situación a la que nos exponíamos en la carretera. De todos modos, el miedo lo llevábamos en el cuerpo, y esto es algo intrínseco al espíritu viajero. Estoy hablando de esa sensación en la que somos nosotros mismos los que alentamos el miedo. Por un lado, el ambiente nos sugiere que estamos en peligro, y por el otro nuestros impulsos de explorador se regocijan morbosamente en la idea de una amenaza acechante. Es una mezcla entre percepción y masoquismo subconsciente, cuando la realidad finalmente nos demuestra que las amenazas más feroces no eran más que productos de nuestra imaginación.

Estoy hablando de esa sensación en la que somos nosotros mismos los que alentamos el miedo. Por un lado, el ambiente nos sugiere que estamos en peligro, y por el otro nuestros impulsos de explorador se regocijan morbosamente en la idea de una amenaza acechante.

Es curioso cómo funciona el cerebro humano. A veces, perplejos, observamos cómo se conectan nuestros pensamientos con sucesos futuros. Basta pensar en una persona para que acto seguido recibamos su llamada, o leer un suceso en un libro y verlo materializado en la vida real.

No quiero extenderme, pero esa misma mañana yo había leído en el libro de Steinbeck sobre la relación del viajero con la percepción del peligro, donde decía que era más fácil morir aplastado por un coche en Market Street, en San Francisco, que atacado por una tribu autóctona en Sudamérica. Pero que sin embargo nos excitaba la idea de lo desconocido. Aunque sea erróneo, uno se siente más desprotegido ante lo desconocido, y esto es lo que lleva al Hombre a explorar. No le he dado más vueltas a este asunto, pero no dudo que en el futuro dedique algún artículo a este tema.

Volvamos al hilo de la narración. Llegamos a Bahía de Los Ángeles bien entrada la noche y decidimos buscar hospedaje. Estábamos exhaustos después de varias lunas a la intemperie y el calor en esta zona del Golfo era sofocante, con temperaturas de hasta veintisiete grados por la noche. Conseguimos regatear lo suficiente en un hotel con piscina – para que quede claro el nivel de fatiga que padecíamos, ni siquiera advertimos que la habitación contaba con un aire acondicionado. Dormimos plácidamente bañados en una gruesa capa de sudor. Pero no era tiempo para las lágrimas.

En la piscina del hotel conocimos a un español. Se trataba de un catalán de unos cuarenta años. En medio de la crisis (la económica, no la existencial) había perdido su empleo en una empresa de informática y había decidido reinventarse. Conoció a una mujer en Internet y después de hablar con ella durante un par de meses, se marchó con lo puesto a la ciudad de Mexicali. Allí se casó con esta mujer, con la que actualmente tiene una hija, y montó en su casa un negocio de productos ibéricos producidos por él. Esto es real.

En Bahía de Los Ángeles no hay prácticamente nada. El gran interés turístico que suscita se lo debe a las excursiones de buceo y a la pesca, principalmente. Nosotros nos limitamos a visitar el precioso lago que ilustra la página principal del portal de Mulerías.

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