Guadalajara

Guadalajara, Guadalajara; tienes el alma de provinciana; hueles a limpio, a rosa temprana; Guadalajara, Guadalajara; tienes el alma más mexicana“. Ya nos lo advertía El Chente cuando cantaba a la ciudad que le vio nacer.

Fue mi ciudad favorita del viaje. Si tuviese que regresar a la piel de toro con una muestra de México, sería una estampa de Guadalajara. Su centro y su casco viejo, sus barrios. Su mercado de abastos, cubierto, es el más grande del mundo en esta categoría. Allí compré, haciendo uso de técnicas ancestrales de regateo que cultivé en la India, un sombrero que no he vuelto a usar y un cinturón de piel vacuna.

Pero lo más interesante de nuestra breve estancia en Guadalajara fue sin lugar a dudas la charreada a la que asistimos la primera noche. Se trata de una competición de doma equina que luego se convierte en un auténtico espectáculo de lazo, una suerte de acoso y derribo, seguido de una divertida capea. Finalmente, la velada termina con un baile que se extiende hasta bien entrada la madrugada. Aupado por la ingesta de Tekate, me sentí valiente y accedí a la orden del dueño del coso guadalajareño de bajar al albero a demostrar mis destrezas corriendo vaquillas. Mi respetable ahínco en la faena no pudo solventar, ni siquiera disimular, mis carencias físicas sobre la arena. Impulsado por los ánimos del público que veía en mí la oportunidad de asistir al fiasco de un guarito intrépido, me llené de coraje y cité a la vaca en repetidas ocasiones. Lo que vino después debió de ser un auténtico recital de patetismo y cobardía. Yo que me creía tan heroico por haber corrido en el pasado los encierros de San Fermín, afeaba ahora con torpe osadía el legado de una España de toros y toreros, mozos y balleneros. El desenlace fue fatal, y más vale en este instante una imagen que mil palabras.

Mi respetable ahínco en la faena no pudo solventar, ni siquiera disimular, mis carencias físicas sobre la arena.

Muy a nuestro pesar, tan solo dos días después nos despedíamos de Guadalajara con terrible pena. Pero el viaje debía seguir. En esta ocasión, rumbo a Ciudad de México donde recogeríamos a Alicia y Alessio, los dos nuevos tripulantes de nuestra odisea azteca.

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