Historia de una finca

Tres noches nada más, he tardado en leer la obra insignia de José y Jesús de las Cuevas. Para algunos “la mejor novela jamás escrita sobre el campo andaluz”, es sin lugar a dudas un referente olvidado de la literatura española moderna. Una historia llena de autenticidad donde las emociones del campo, enterradas bajo la incertidumbre de la tierra labrada y la desigual suerte de la ganadería, se presentan en una clave metafórica de una belleza inigualable. Las expresiones tan genuinas del campo bajo-andaluz que se emplean para transmitir nociones universales, y que salen de la boca de personajes hechos a sí mismos como profetas de su tierra, convierten este relato en un digno ejemplo de literatura costumbrista.

La novela se remonta a finales del siglo XIX y cuenta la historia del cortijo “San Rafael” a lo largo de un siglo. Uno de los atractivos de este relato, desde un punto de vista estrictamente literario, es la cantidad de manos por las que pasó el cortijo. En ocasiones, tras un fatídico final, en otras por el curso natural de la sucesión hereditaria. Son personajes que vienen y se van, cada uno dejando su huella en la finca – cada pedazo de San Rafael porta un trozo de la Historia de España. San Rafael es de todos los que vivieron allí, por eso estamos ante un relato atemporal, que no caduca en el tiempo. Además, nos muestra personalidades de diversa índole. Ninguno de los personajes pasa desapercibido, cada uno de ellos es causa y consecuencia del sino de San Rafael.

Gracias a esta novela podemos adentrarnos de lleno en el campo andaluz. Es curioso cómo todos los que conocen San Rafael lo tienen en enorme estima, y los señores que llegan allí para ocuparse quedan maravillados de las tierras y presos de su propia fortuna.

Extraemos numerosas lecciones, algunas que ya conocemos y otras ajenas a nuestro entendimiento, ya sea porque lamentablemente no vivimos en el campo o porque son nociones olvidadas del mundo rural no mecanizado. La ingente cantidad de sucesos que tienen lugar en San Rafael, que podría resultar abrumadora y en cierto modo inverosímil, se presentan de tal forma que el lector las recibe con naturalidad. No obstante, a veces le invade una pesada indignación, que le lleva a querer cambiar el rumbo de los hechos. “Historia de una finca” es uno de esos libros donde al lector le gustaría ser algo más que eso. Le provoca sentimientos encontrados, le plantea dudas, le convierte en un testigo directo que gracias a una redacción tan descriptiva es capaz de verter su opinión sobre los hechos y verse reflejado de algún modo en cada uno de los personajes. “Aunque creas que estás solo, en el campo siempre hay dos ojos que te siguen”, dice la narración. El lector se convierte también en parte de San Rafael, y sigue de cerca la vida de sus pobladores. En cada uno de ellos descubre valores como el esfuerzo, la lealtad, el compañerismo, la sinceridad, el honor, la austeridad. En otros denota la falta de valores, que el lector puede llegar a justificar por las circunstancias o al menos querer comprender por el grado de conexión que tiene con dichos personajes.

En este sentido, la figura de Don Gregorio y Jeromo son un hilo conductor del relato. Son quienes mejor conocen la finca porque la han mamado desde niños y han sido los hombres de confianza de todos quienes han gobernado San Rafael. Son esforzados labradores con grandes cualidades de campo, capaces de medir el peso de un buey desde la distancia o de calcular en diciembre las fanegas de trigo que estarán listas en mayo. Como compañeros inseparables del amo, sin su dirección el campo no trabaja.

Desde los pueblos serranos de Cádiz descienden en mayo (la cosecha), septiembre (la siembra) y octubre (la aceituna) los jornaleros dirigidos por un patrón contratado por el señor del cortijo. Mientras tanto, la vida en el pueblo transcurre sin altibajos. De vez en cuando, surgen huelgas instigadas por agitadores, que con la llegada de la Segunda República se acentúan hasta rozar la catástrofe. Cualquier pretexto sirve para despertar la discordia. Puede ser la decisión de incorporar una máquina a las faenas del campo o el amor entre clases. Todo ello alimentado por la indomable envidia que se instala en las personas cuando las cosas no marchan bien.

No en vano, las gentes supersticiosas del pueblo andaluz empiezan a mascar la tragedia. El olor a sangre llega pronto a San Rafael, como presagiando la Guerra Civil. Todo esto lo plasman los autores de la novela con brillantez; sin atiborrar la historia de manifestaciones obvias – la triste deriva hacia la guerra que dividió España se intuye a través de sus personajes, con una sutileza ejemplar. Pero la trabajada tierra del cortijo es dura y lo aguanta todo – las riadas y la sequía, los bandoleros y las manos inexpertas. Al final siempre amanece en el campo, donde nunca se para de trabajar porque siempre hay algo que hacer.

“Historia de una finca” es un relato lleno de pasajes heroicos, personajes ilustres, emociones contenidas convertidas en metáfora. Es un tono reservado, discreto, sereno. Elegante como todo lo que huele a antiguo. Donde no existe el exabrupto, donde cada palabra parece medirse a sí misma antes de pronunciarse. Lo que se quiere decir se medita, por eso cada frase se oye como una sentencia. En algún momento la narración dice que “en el campo, cuando se habla mucho es porque no se quiere hablar de algo” y que “no hay nunca palabras excesivas… el afecto, las decisiones, la angustia, deben sobreentenderse”. Por eso un gesto tan simple como una mano estrechada (la de Jeromo a Don José) o un abrazo (el de Medinilla a Don Pedro) son tan poderosos, capaces incluso de robar las lágrimas al lector ensimismado.

Así era la auténtica España, de la que tanto nos hemos alejado. Heroica en su sencillez. Por eso me gustaría definir esta novela como una “gesta de nuestra tierra y los que la habitaron”.

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