Jaipur

Jaipur es a día de hoy la capital del estado del Rajastán. Es también la primera ciudad planificada de la India, lo cual se hace notable en la organización de sus calles. De todos modos, este factor no ha hecho, por ejemplo, que el tráfico sea fluido. La sobrepoblación en este país hace que cualquier planificación esté siempre abocada al fracaso.

Es conocida como la ciudad rosa por sus fachadas de este color, similar a la azul Udaipur en este sentido. Son estos detalles los que hacen que el Rajastán sea atractivo para los turistas de todo tipo, quizás porque es la imagen más presentable de todo el subcontinente. El Rajastán ofrece la cruda realidad de un país en decadencia y la miseria de sus gentes, adornada por el folklor y los colores de una cultura milenaria. Ya lo dijo Rosina madre, ‘menos mal que las mujeres llevan sarees, porque dan alegría al ambiente’. Razón no le falta, pues sin los colores la India sería a primera vista poco más que una gran nube de polvo sofocante.
“El Rajastán ofrece la cruda realidad de un país en decadencia y la miseria de sus gentes, adornada por el folklor y los colores de una cultura milenaria.”
Volviendo a Jaipur, hay dos cosas que puedo abordar. En primer lugar, el gran bazar que recorre ambos lados de una de sus principales avenidas. He de destacar que estos bazares están normalmente destinados a los autóctonos, por lo cual el turista occidental pocos artículos de interés encontrará en los diminutos locales que se repiten sin fronteras a lo largo y ancho de los mercados indios. Así, el viajero lo único que puede hacer, salvo que quiera comprar unos zapatos de cuero plastificado o imitaciones, es mezclarse con la multitud. Un gran tráfico apresurado encuentra su orden en los estrechos pasillos del mercado. Cada local tiene su clientela habitual, y si su propietario decide invitar a un turista curioso a comprar algo, lo estará probablemente haciendo con el último propósito de desplumarlo (“take off your feathers”, como dijo Borja padre en una ocasión). Con viles intenciones o sin ellas, los indios son grandes comerciantes, y me han enseñado su arte más desarrollada: el regateo.
  
El otro aspecto que me gustaría resaltar de Jaipur es el Pink Palace. No me refiero al destartalado resort estival griego en la isla de Corfú, instigador del pecado, que muchos visitamos en lo que fue nuestro primer viaje mochilero en el extranjero, cuando se acabó lo que se daba y nos despedíamos del bachillerato. No, el Palacio Rosa es un palacio del siglo dieciocho con mucha más historia, aunque no la suficiente como para merecer una referencia en el blog. Lo que sí se merece una mención especial es su penúltimo marajá, embajador en España por su amistad con nuestro Juan Carlos, y que supervisó la integración de los diferentes reinos vecinos con Jaipur para formar el estado del Rajastán tras la independencia de la India en 1947. No muy lejos de sus conquistas en la diplomacia internacional, sus hazañas en la vida palaciega no tienen desprecio. Estas llegaron a un clímax tan inesperado como trágico, cuando moría de un ataque al corazón jugando al polo. Un pijo de los de antes.

“No muy lejos de sus conquistas en la diplomacia internacional, sus hazañas en la vida palaciega no tienen desprecio. Estas llegaron a un clímax tan inesperado como trágico, cuando moría de un ataque al corazón jugando al polo.”

Con la visita a Jaipur llegaba a su fin el lujo oriental y nos despedíamos de la familia.Al día siguiente nos dirigíamos a Delhi y, a continuación, a zonas menos señoriales del sur de la India.

Típicos turistas de reflex, chanclas y souvenir.

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