Jodhpur

“Como un lienzo, la árida tierra del Rajastán se había empapado de los frutos del monzón. Las torrenciales lluvias habían teñido los campos de verde. Entonces vi fertilidad, vi agricultura, vi prosperidad. Pero también noté el silencio. Zonas deprimidas, pobreza rural. Y de vez en cuando asomaba la industria. Mármol, granito. Piedra, mucha piedra. Grandes contradicciones, como en toda la India.”

A Udaipur llegamos de noche y por eso no pude apreciar los alrededores de la ciudad. Así que los describo ahora que ha llegado el momento, pues de otro modo acabaré perdiendo el hilo cronológico de los hechos. Salimos hacia Jodhpur, la siguiente ciudad del Rajastán en nuestra agenda, por la mañana. En la carretera pude confirmar que efectivamente nos encontrábamos allí. Monos por todas partes. Cebús, muchos cebús. Pastores con cabras y turbantes multicolor. Llanuras. Tranquilidad. Sin embargo, como un lienzo, la árida tierra del Rajastán se había empapado de los frutos del monzón. Las torrenciales lluvias habían teñido los campos de verde. Entonces vi fertilidad, vi agricultura, vi prosperidad. Pero también noté el silencio. Zonas deprimidas, pobreza rural. Y de vez en cuando asomaba la industria. Mármol, granito. Piedra, mucha piedra. Grandes contradicciones, como en toda la India.

De la ciudad de Jodhpur no puedo decir gran cosa. Tengo en la mochila una servilleta donde apunté “peor ciudad hasta ahora”. Aunque lo miro ahora con perspectiva y no creo que fuese para tanto. Simplemente me molestó encontrar una ciudad repleta de gente y con un tráfico y ruido importantes, mientras que yo, después de leer guías y escuchar atentamente las descripciones de mis compañeros indios, tenía en la mente una ciudad como Udaipur, si bien más adentrada en el desierto.

 Además fue aquí donde empecé a notar de nuevo que los indios miran demasiado, que su deporte nacional no es el hockey hierba ni el cricket, que su gran afición es la cata de blancos. Unos me han dicho que es puro fetichismo. Otros que simple curiosidad. Ya hablaré de esto cuando lleguemos a las playas de Kerala, llenas de guiris en bikini, donde mirar es lo de menos. Yo aquí quería hablar de otro detalle más importante. Resulta que me parezco a una estrella de Bollywood. No os voy a decir quién es porque no quiero que los que me idolatráis colguéis el poster de un moreno en la pared. El caso es que no era suficientemente famoso ya con el hecho de ser blanco, sino que también tenía que formar parte de otra de sus obsesiones: Bollywood. Os preguntaréis por qué me pongo así. Lo que ocurre es que la fama no es tan guay como parece. Hay gente como yo que tiene que soportarla todos los días. Esto implica saludar a todo el mundo, sacarse fotos con el personal, contestar a los habituales where you come from?, etc. Todo esto parece muy divertido, pero después de cinco meses a uno se le hace muy repetitivo. Por Calcutta no es tan dramático el asunto, pues en Bengala son demasiado vagos para moverse de su sitio para pedir una foto. Pero el caso es que desde el 1 de julio debo de ser un tío famosísimo, porque cuando voy por la calle todos se fijan en mí. Cuando vuelva a España me voy a sentir como un auténtico mindundi, un Don Nadie.
“Los indios miran demasiado, su deporte nacional no es el hockey hierba ni el cricket, su gran afición es la cata de blancos. Para colmo, resulta que han encontrado un parecido y también formo parte de otra de sus obsesiones: Bollywood. Por Calcutta no es tan dramático el asunto, pues en Bengala son demasiado vagos para moverse de su sitio para pedir una foto. Cuando vuelva a España me voy a sentir como un auténtico mindundi, un Don Nadie.”
Jodhpur, a pesar de los pesares, tenía algo que ofrecer. Su principal atracción es Mehrangarh, una fortaleza que descansa sobre una colina en medio de la ciudad. Desde allí uno puede comprobar que, en efecto, está en la “Ciudad Azul”. Gran parte de las casas son pintadas de este color. Una gran muralla rodea la ciudad vieja, y para llegar al fuerte subimos por unas interminables escaleras que partían desde detrás del hotel. Por dentro, lo de siempre (“¡buh, fuera! ¡más lujo oriental no!). Entendido.
También visitamos el Umaid Bhavan Palace, un palacio inmenso que un tal Umaid Singh, marajá, mandó construir porque la ciudad pasaba una época de sequía y depresión económica. Sí, el marajá dio empleo. No, no hubo recortes. Sí, Umaid podría haber convocado elecciones democráticas (mucho más efectivo). Lo otro no se lo traga nadie. El emblemático edificio es relativamente reciente, se empezó a construir en 1923 y tardaron quince años en terminarlo. Está construido con la característica piedra arenosa del Rajastán, que tiene una tonalidad rosada. Otra curiosidad es que el interior está diseñado y decorado en el estilo Art Deco.

Pero lo más llamativo del palacio-museo es el hotel que alberga dentro. Lo mejor fue ver la llegada de diferentes huéspedes. Era una horterada. Desde que los coches atravesaban una avenida rodeada de jardines hasta que paraban frente a la entrada principal, una banda de trompetistas y percusión interpretaba una marcha militar, haciendo casi honores de Estado a los recién llegados. Luego se bajaba una pareja de desconocidos y esperábamos a que llegasen los siguientes. No nos habría sorprendido encontrar a Ana Botella o a Toxo y Méndez bajándose de un Cadillac al son de los tambores imperiales (muy propensos a hacer estas cosas con vuestro dinero). Eso sí, no nos dejaban aproximarnos mucho. Una valla, varias unidades de seguridad y una fila de Jaguars negros nos restringían la movilidad. En ese momento y lugar yo, famoso y atractivo en el resto del país, me percaté de que sin dinero no importaba a nadie.

“No nos habría sorprendido encontrar a Ana Botella o a Toxo y Méndez bajándose de un Cadillac al son de los tambores imperiales (muy propensos a hacer estas cosas con vuestro dinero).”

Umaid Bhavan, Palacio y Hotel.

Jodhpur es también una referencia en el mundo del Polo, y el actual dueño del palacio, nieto del gran Umaid, cuenta con su propio equipo, nombrado como la ciudad y que juega por todo el mundo. La Constitución India de 1949 retiró todos los títulos y abolió el sistema de castas. Pero con títulos o no, los marajás se siguen pegando la buena vida, y a ellos sí que no los toca nadie.

Por último, me gustaría comentaros que el hotel donde nos hospedábamos, de nuevo un haveli, más bien parecía un burdel. Eso sí, se encontraba en un lugar privilegiado, con impactantes vistas al Fuerte. La segunda noche, defraudados por la pésima calidad de la comida del hotel, fuimos a cenar a otro sitio. Borja Padre y Rosina madre estuvieron buscando un buen restaurante y eligieron otro hotel cercano al nuestro. Resultó ser otro de los hitos gastronómicos del viaje. Lo más llamativo fue para Borja padre sufrir un electrizante déjà vu al darse cuenta de que el plato que había pedido era nada más y nada menos que las célebres gambas al curry que se servían en el Club Marítimo del Abra en tiempos mejores, quizás en la época de la Administración Fono, para el que me entienda.

De todos modos, como quien dice, quien llega tarde ni oye misa ni come carne, y eso mismo nos pasó a nosotros, pues dos días antes habían tomado unos cacharros allí, nada más y nada menos, que Mick Jagger y Manu Chao. El Festival Internacional de Folk del Rajastán había tenido lugar la semana anterior. Lástima.

Quien llega tarde ni oye misa ni come carne, y eso mismo nos pasó a nosotros, pues dos días antes habían tomado unos cacharros allí, nada más y nada menos, que Mick Jagger y Manu Chao.”

Pero el viaje sigue, y uno no puede sentirse defraudado, pues aquí no hemos venido a escuchar historias de clandestinos, ni a estudiar, aquí hemos venido a ver a los indios. Después de dos noches en Jodhpur, de nuevo en la carretera, con muchos kilómetros por delante. Rumbo: Pushkar, pueblo sagrado.

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