La deshumanización gentilicia

Mediocre es la obra que el acto fúnebre conmemora. Sobre el ataúd camina un fantasma sin decir nada, y delante del gentío vestido de luto, sube y baja un estandarte, portado por quien mejor conoció al difunto. Detrás del grupo una plañidera borra con sus lágrimas todo resquicio del pasado. Un sacerdote que no conoció al hombre dentro de la caja, pues desde edades tempranas abandonó la Fe, embadurna el ambiente de incienso. Es entonces cuando el hedor que emana del botafumeiro penetra en el corazón de los presentes y mancha de falsa nostalgia la trivial ceremonia. Unos lloran mientras otros permanecen impávidos, pues el incienso los ha colocado.

Termina todo y cada uno deshace los pasos emprendidos. Rompe el monótono ritmo de la tarde algún comentario que pretende elogiar al muerto, sin llegar a la adulación, y después todo vuelve a la normalidad. Quienes conocieron al difunto conservan sus fotografías y de vez en cuando se paran a pensar en quién fue esa persona, intentan reconstruir su presencia en momentos de desasosiego. Quienes no lo conocieron de verdad se lo imaginan, tratan de convencerse de que alguna vez estuvieron con él, que lo necesitaron.

Hombres y mujeres mueren desconocidos. No hay líderes, no hay héroes. Eso es cosa del pasado, suena a grandes batallas de la Antigüedad.

Pero justa es la exhumación de nuestros ancestros para liberarlos del peso del olvido. De la roña que producen los desatentos transeúntes en las solitarias placas dispuestas en las calles de nuestras modernas urbes. Colgadas de paredes en lugares emblemáticos, la primitiva función de honrar al que por su trayectoria se lo había merecido ya no existe, y ha evolucionado hacia el mero uso pragmático del ciudadano globalizado. Sus nombres nos dicen por dónde vamos, nada más que eso, y no de dónde venimos. Se asimilan nombres a una calle, y lo primero que viene a nuestra mente cuando alguien los pronuncia es un trozo de asfalto, una acera a cada lado y quizás algún local al que a menudo acudimos. A eso se reduce todo, a un utilitarismo absoluto, incentivado además por los navegadores GPS.

El ciudadano medio de a pie no conoce a la persona detrás de cada calle o monumento. Y respecto a los nuevos nombres, ¿cuáles son los cánones de prestigio hoy en día?, ¿cuáles los requisitos para entrar en el Wall of Fame de la memoria?

Para nosotros la vida sigue. La vida del difunto ha terminado y nada de ella llegó a los libros, ni al cine, ni a las calles. Y eso es, al fin y al cabo, lo que le importaba.

Os dejo a vosotros que reflexionéis.

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