Nepal

Mulerías viaja a Nepal con la familia y comparte sus reflexiones a las faldas del Himalaya.
Katmandú. La ciudad que durante los sesenta y setenta pudo llegar a considerarse la cuna del movimiento hippie en oriente, y que fue objeto de mofa en el gran tema de Los Nikis “Mi chica se ha ido a Katmandú”, ha ido cogiendo color y es a día de hoy una masiva atracción turística. Ya no van quienes antes buscaban un sentido a la vida en las faldas del Himalaya. Ahora sus visitantes son turistillas de réflex en el pecho y, sobretodo, amantes de la montaña. El turismo de lujo apenas ha llegado a Nepal. El hotel medio es decente, nada ostentoso, y es fácil encontrar auténticas gangas en la zona del Thamel, la más ruidosa de la ciudad, donde está todo el meollo y la parafernalia turística. Nosotros nos decantamos por un cómodo y agradable hotel alejado del bullicio, con la garantía de varias horas de lectura en Trip Advisor a nuestras espaldas.
Como os contaba, Katmandú ha entrado ya en el club mundial de los mejores destinos turísticos. Mientras unos viajan hasta allí buscando la foto frente al templo budista y los souvenirs del tercer ojo, otros se embarcan en grandes expediciones a la montaña. Desde que uno llega al Thamel y encuentra cientos de comercios dedicados a la venta de productos de alpinismo, se da cuenta de que los altos picos del Himalaya son un gran imán para miles de viajeros cada temporada. Desde el excursionista soft que hace una travesía de seis horas y sube en taxi al Sarangtok para encontrar una vista panorámica de los Himalayas, hasta los duros y dedicados escaladores que se proponen subir el Everest (8848 metros) o el Anapurna (8091 metros). Todos encuentran su sitio, incluso los que pagan cantidades inimaginables para que literalmente los suban los sherpas. Nosotros optamos por un término medio, aunque de una dureza inesperada. Nuestro trekking duró tres días.
Acompañados por el simpático y atento guía Ram, salimos desde Katmandú dirección Pokara en un autobús que tardó seis horas por carreteras tortuosas, mal asfaltadas, propias de la podguerra y que me recordaron a las de mis aventuras por Ziro. Hicimos noche en Pokara, que es un pueblo también muy turístico, cuya única atracción es un lago que ofrece un bonito reflejo de las montañas (que no pudimos ver por el mal tiempo), y del que parte la mayoría de las caminatas y deportes de riesgo organizados (rafting, paracaidismo, etc.). Después de pasar la noche y rezar para que mejorase el tiempo (no había parado de llover en 48 horas), un coche nos llevó al punto de partida. Seguía lloviendo a cántaros y daba una pereza horrible empezar. Eso sí, llevábamos unas capas impermeables, baratas pero que nos salvaron la vida. Bueno, mi hermano Carlos decidió que subía con su chubasquero, tan fino como el papel, que le caló en los primeros cien metros. Ram tampoco era muy diferente, ni siquiera llevaba botas. Aunque increíblemente estuvo seco todo el tiempo, todavía nos preguntamos cómo.

 

Al final no fue más que un txirimiri de 80 horas. Nos llovió los dos primeros días y al tercero cesó el adverso clima. Al llegar al finalizar la jornada a los hoteles-refugio (tea houses), la ropa la teníamos empapada y la mañana siguiente seguía chorreando. El trekking fue bastante duro, en particular por la ingente cantidad de escalones rocosos y mojados (muy peligroso) que tuvimos que subir y bajar varias veces al día para cruzar los distintos valles de nuestro itinerario. Tan duro fue que Rosina madre, casi llorando, llegó a pedir en un poblado que se la llevasen a caballo. Sin embargo, finalmente se negó, resucitó su espíritu emprendedor (www.bestsummers.com), y ayudada por su sangre Escauriaza continuó el camino a pie. El resto de la jornada se vio interrumpida por las sanguijuelas que atacaron a Borja padre, quizás deseosas de probar un trago de la sangre marina de un Astoreca.
Bien entrada la noche, la del segundo día, llegamos destrozados a un hotel que si nos hubiesen dicho que era un barracón de las guerras persas nos lo habríamos creído. Los cuartos estaban en un estado de precariedad, y nos bastó abrir una vez la puerta del cuarto de baño para volver a cerrarla y nunca más osar acercarse a aquél oscuro y decrépito metro cuadrado. Eso sí, la cena muy buena (en Nepal comimos muy bien). Tan bien cené que no sólo me recuperé de una pequeña fiebre, sino que terminamos toda la familia en el salón bailando al ritmo de la música folclórica rodeados de nepalís. Menudo espectáculo.
Una araña tamaño tarántula nos retrasó el sueño, así que le hicimos el arakiri después de torturarla sádicamente. Carlos, quizás conmovido por la matanza, se echó el Goibi (anti mosquitos extremo) hasta en los huevos. Literal. Él es de los que piensa que más vale prevenir que curar.

“Era de Logroño. Varón de unos cuarenta años, en una condición física lamentable, lo vi alcanzar lo alto de una cuesta jadeando y empapado de sudor.”

Lo mejor del trekking, y de la India de paso, son los personajes que uno se encuentra por el camino. Es el caso del tipo de Logroño. Varón de unos cuarenta años, en una condición física lamentable, lo vi alcanzar lo alto de una cuesta jadeando y empapado de sudor. No tardamos en entablar conversación. Resulta que, oriundo de La Rioja, había venido a Nepal con el objetivo de subir hasta el campamento base del Anapurna (4130 metros). La pendiente que acababa de subir era de las suaves. No le importaba tener que hacer etapas más despacio, su preocupación era alcanzar la meta que se había propuesto. No sólo eso, he de destacar que subía mano a mano con un guía. Pero sin duda lo más sorprendente es que su equipaje consistía en una diminuta mochila en la que era imposible que llevase lo necesario para su gran gesta. Todos pensaron que dadas las circunstancias su ambición era prácticamente irrealizable. Yo quise ser más optimista, y estoy convencido de que el de Logroño, aquel hombre con la pierna ensangrentada por las sanguijuelas, va a llegar al campamento base. Hoy es probable que siga caminando, pero ese tío va a cumplir su sueño.
Otro aspecto menos positivo del viaje al Nepal fue conocer la existencia de los porters. Se trata de una comunidad de profesionales locales que se dedican a cargar con el equipaje del personal. Hasta aquí todo bien. El gran problema que observamos es que estos hombres cargaban con mochilas de un tamaño mastodóntico, que podían alcanzar los cuarenta kilos. Los que alguna vez hayáis llevado al aeropuerto una maleta rozando el límite de peso máximo permitido, imaginaros cargar con ella a la espalda y otra del mismo calibre de regalo. Los porters las llevan con una cinta atada a la frente y con ella caminan hasta quince kilómetros al día por terrenos cambiantes, grandes pendientes y entre precipicios. Si tienen la mala suerte de tropezar en un descenso, el resultado será trágico. Y todo ello por el módico precio de diez euros al día. ¿Y qué hacen los extranjeros que contratan este servicio? Apurar al máximo y darles toda la carga posible. Supongo que desde calzoncillos hasta ordenadores, si no es difícil entenderlo. No están subiendo a la cima del Everest, o sea que dudo que necesiten pesados artilugios de alta montaña. Así que meten en la mochila del porter todo lo que pueden. “Que el chino este me lleve la colección de lencería de Victoria’s Secret, que seguro que en Landruk la necesito”, pensarán. Claro, como no son sus columnas y no tienen dinero para pagarse otro porter, todo vale.
Una tarde estuvimos hablando con los porters y nos contaron (a través del rudimentario inglés de Ram) que los limites de peso que fijan las agencias no se respetan y que, de todos modos, ya son excesivos. Nos dejaron levantar sus mochilas, que con un inhumano esfuerzo logramos soportar durante breves segundos. Les compramos dos refrescos y antes de que terminasen de beberlos se levantaron corriendo y se despidieron. El grupo de americanos con el que iban había terminado de comer.

“Como dirían los yanquees, man the fuck up! y llevaros vosotros vuestros calzoncillos. El problema es nuestro, que pedimos coca-colas en la punta del Everest, nos dijo un canario.”


Si alguno de mis lectores va a ir a Nepal, le pido por favor que no contrate este servicio o, si lo hace, que no meta en la mochila del pobre porter hasta los vinilos de los Rolling. O que coja dos, que somos ricos, porque España va bien. Sinceramente, no se necesita llevar mucho al treking; por lo tanto, como dirían los yanquees, man the fuck up! y llevaros vosotros vuestros calzoncillos. “El problema es nuestro, que pedimos coca-colas en la punta del Everest”, nos dijo un canario que conocimos en el hotel. Cuánta razón tiene.
Quiero terminar de una vez, pero antes me gustaría contaros las conclusiones que he sacado de Nepal. En primer lugar, que los templos son muy auténticos y merece la pena verlos. En segundo lugar, que el acoso al turista es importante y a veces se hace molesto. En tercer lugar, que sacrifican muchas cabras y ya os contaré a los interesados cómo les cortan el cuello y reparten su sangre por el lugar que quieren bendecir (por ejemplo, un coche) mientras ellas mismas, aún con vida, observan el ritual con cierta pasividad.

“Son unos ascetas que hacen de la religión su deplorable profesión, cobrando sumas escandalosas por ser fotografiados, mientras comentan la jugada sentados riéndose y fumando canutos. Son los que se disfrazan más grotescamente (desde rastas hasta maquillaje rozando lo dra queen) quienes reciben la atención de la mayoría de los turistas que entran en su patético juego.”


Porque tampoco pueden hacer otra cosa, al igual que muchos turistas cuando les persiguen con pashminas y pantalones de hippipollas. En cuarto lugar, que como en gran parte de la India, utilizan la religión para sacar dinero sucio al turista mal informado (aquí me tenéis a mí para que os informe). En unos ghats (lugares santos a la orilla de un rio donde se lleva a cabo la cremación de los difuntos) nos topamos por primera vez con los característicos santones. Son unos ascetas que hacen de la religión su deplorable profesión, cobrando sumas escandalosas por ser fotografiados, mientras comentan la jugada sentados riéndose y fumando canutos. Son los que se disfrazan más grotescamente (desde rastas hasta maquillaje rozando lo dra queen) quienes reciben la atención de la mayoría de los turistas que entran en su patético juego.
¡Farsantes engañaguiris!
Tras la visita al crematorio, volviendo ya al parking, mi padre decidió comprar una pulsera a una vendedora ambulante que nos llevaba persiguiendo desde hacía media hora, perforando nuestros refinados oídos con las ya más que conocidas coletillas de la venta ambulante (good pricegood qualitymadamhandmade,hola). Pagó más de lo que debía, y cuando le pregunté por qué había comprado una pulsera que no necesitábamos me contestó: “por su perseverancia”. Es este el tipo de turista que fomenta el acoso del que os hablaba.
En definitiva, la visita a Nepal ha sido muy gratificante, si bien complicada y cansada. Hemos encontrado un entorno muy bonito pero no penséis que es un paraíso en la Tierra. Nepal es muy sucio, tanto o más que la India, tiene también sobrepoblación intensa y tráfico, y no han restaurado todos los monumentos históricos que se visitan (muchas veces después de pagar te das cuenta de que no hay nada que ver o está tan deteriorado que no merece la pena). Pero incluso a pesar de estas cosas y del acoso al viajero, os recomiendo que lo visitéis. Lo más positivo es que los nepalís son realmente simpáticos. También he de destacar que el Thamel está muy conseguido. La mezcla de restaurantes locales tradicionales con comida de fusión y continental le da un toque occidental, casi de resort de esquí. Dar largos paseos por la noche antes de cenar ojeando las tiendas es entretenido. Y es esencial callejear por el centro de Katmandú, lejos de las masas de bárbaros extranjeros, para ver cómo viven los nepalís. Eso sí, no penséis en ello con demasiado romanticismo ni leáis la Lonely Planet, pues os llevaréis un disgusto. La realidad en estos países es muy, muy diferente. Y os chocaréis con ella. Perdonad la extensión.

Los comentarios están cerrados.

más leídas

La deshumanización gentilicia

Mediocre es la obra que el acto fúnebre conmemora. Sobre el ataúd camina un fantasma sin decir nada. Delante del gentío vestido de luto sube…

Dinero y flamenco

El dinero. Ese sucio invento capaz de comprarlo todo. Burdel de desgracias, mercadillo de desdichas, elixir de las malas gentes. Ha sido en ocasiones objeto…

Historia de una finca

Tres noches nada más, he tardado en leer la obra insignia de José y Jesús de las Cuevas. Para algunos "la mejor novela jamás escrita…

El renacer de García-Álix

Siempre he admirado a Alberto García-Alix (León, 1956). Como fotógrafo comenzó sus andaduras durante su juventud en los años de la Movida Madrileña y desde entonces…

MÁS ARTÍCULOS