El renacer de García-Álix

Siempre he admirado a Alberto García-Alix (León, 1956). Como fotógrafo comenzó sus andaduras durante su juventud en los años de la Movida Madrileña y desde entonces ha sido uno de los nombres más importantes de la fotografía contemporánea española. La primera vez que me crucé con su obra fue en el Museo Reina Sofía de Madrid, donde se exponía su aclamada exhibición “De donde no se vuelve”, un impactante biopic ambientado en La Movida y repleto de personajes marginales de la época. A lo largo de su obra podemos encontrar numerosas placas en blanco y negro que enfatizan la decadencia en la que se vio envuelto Alberto en esta época.

Tuve el placer de conocerle personalmente en la inauguración de ARCO hace cuatro años y aparecer en el telediario posando para una foto con él.

Durante su adolescencia, García Alix vivió en una ciudad que albergaba grupos heterogéneos y tribus urbanas unidas por la música rock y la drogadicción. La mala vida en este entorno era evidente, siendo las drogas y la violencia el pan de cada día, traducidos en enfrentamientos con la policía, peleas multitudinarias, sobredosis y SIDA.

Al igual que muchos otros de su generación, Alberto tuvo que hacer frente a su adicción a las drogas. Pero tuvo que superar además la temprana muerte de su hermano Willy por una sobredosis. Su hermano es retratado en múltiples ocasiones por Alberto. En efecto, a lo largo de su obra sigue dando rienda suelta a la nostalgia, retratando con su cámara objetos que en algún momento pertenecieron a su hermano. Por ejemplo, la novia de Alberto viste en ocasiones la camisa rockera de Willy.

Asimismo, García-Álix siempre estuvo interesado en las motos de gran cilindrada, como las Harley Davidson, que conducía después de haber ingerido grandes cantidades de alcohol, y que son mostradas en su obra.

Alberto García-Álix sufrió la adicción a la heroína y un duro golpe de hepatitis C; éstas fueron durante mucho tiempo sus principales enemigas. Sin embargo, a pesar de todas las desgracias del camino equivocado, hizo de la fotografía uno nuevo gracias al que consiguió salir “de donde no se vuelve”, como él dice. Además su obra ha servido para dar a conocer al mundo su pasado, al mismo tiempo el de muchas otras personas de su generación. La fotografía supuso para él un modo de llegar al conocimiento y lograr la comunicación, habiendo estado antes aislado de la sociedad, siempre al margen de ella.

Siendo lo más impactante de sus fotografías lo que representan y no la técnica en sí, García-Álix es en definitiva el reflejo de una vida marginal, de un lugar “de donde no se vuelve”.

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