Śubha sakāla, Kolkata!

Mientras escribo estas líneas el teclado del ordenador se inunda, no de lágrimas nostálgicas por todo lo que he dejado atrás, sino de sudor. Llevo días intentando encontrar un momento en el que mi mente esté lúcida para contaros cómo estoy. Por fin, aprovechando el noveno apagón de la tarde, me siento frente a la pantalla y empiezo a redactar mis memorias. El mero hecho de que se haya ido la electricidad no tendría que provocar grandes estragos al ciudadano medio. Sin embargo, dado que me encuentro en Calcuta, India, un simple apagón de unos minutos significa empaparse en el sudor de uno mismo, pues los ventiladores de la residencia dejan de funcionar durante ese tiempo. Sin embargo, es quizás el único momento en el que los viejos ventiladores dejan de hacer ruido y el silencio en mi habitación es absoluto.

Llevo casi tres semanas aquí y han pasado tantas cosas por delante de mis ojos que se me hace realmente difícil ordenarlo todo. Voy a empezar cronológicamente y más adelante irán surgiendo otros temas.

Llegué al Netaji Subhash Chandra Bose International Airport a primera hora de la mañana. Aterrizaba entonces el vuelo E570 de Emirates y comenzaba así el mes de julio en una ciudad desconocida para mí. En el avión había conocido a un estudiante de Derecho en Delhi que iba a Calcuta a visitar a su familia. Gracias a Dios me ofreció llevarme a mi universidad, y digo gracias porque en esta ciudad nadie la conoce. Es impresionante que estando calificada como la segunda mejor facultad de Derecho del país, y famosa en el resto de la India, los habitantes de Calcuta no tengan ni la más remota idea de que existe. Más chocante aún es que ni siquiera los taxistas del Sector III de Salt Lake City (este es mi nuevo barrio) sepan llegar al campus.

El tipo al que conocí en el avión me dejó en la puerta de la universidad. Ya desde Dubai, donde hicimos el transbordo, me había advertido de que en Calcuta tendría un gran problema con el idioma. Y así fue. Subí las escaleras del edificio central de la universidad y me topé con dos guardas de seguridad que me miraron de la misma manera en que me habían mirado todos los pasajeros del vuelo de Dubai a Calcuta. Les dije en un inglés muy pausado que era un exchange student from Spain y que tenía que reunirme con el Vice Chancellor. Me registré, dejé la maleta en la entrada y subí a su despacho.

Después de esperar durante algo más de una hora apareció por el despacho y me dio la bienvenida a la West Bengal National University of Juridical Sciences (NUJS). Eso sí, no pude entender muy bien lo que me dijo, ya que hablaba un inglés bastante rudimentario que mezclaba con un bengalí exquisito, y todo ello casi susurrando. Me despedí de él y empecé a hacer todas las gestiones posibles. Entre ellas tuve que hacerme el carnet de la universidad (que en realidad es un simple trozo de papel), conseguir una habitación y elegir provisionalmente las asignaturas. De todo esto saqué dos conclusiones: que la burocracia en este país es atroz y que mezclan el inglés y el bengalí tanto como pueden.

Cuando varias horas después conseguí que me diesen una habitación, fui a instalarme a la residencia. El cuarto es bastante pequeño y en él habitan todo tipo de insectos, sobretodo hormigas y lagartijas. De todos modos, a día de hoy ya estoy perfectamente instalado y día a día voy haciendo mejoras. Aunque en definitiva mi habitación no es gran cosa pienso que es todo lo que necesito.

Respecto a la residencia en general, está bastante deteriorada. La mayor parte de las cosas no funcionan, y todo está sucio. Todo ello incluso a pesar de que en el edificio trabaja bastante gente.

Por lo que tengo entendido porque me lo han explicado y porque lo estoy viviendo, la gente en el estado de West Bengal es conocida por su vagancia. Esto tiene mucho que ver con el clima, que es muy húmedo y durante gran parte del año las temperaturas son muy altas. Esta manera chilling de vivir uno la puede ver por las calles. La gente pasa las horas tirada en el asfalto. A unos los ves tumbados echando la siesta mientras que otros van de un lado a otro con mercancías, pero a un ritmo pausado. También hay abundante marihuana y otros tipos de estimulantes que traen de las montañas.

En la residencia esta manera de vivir de los bengalís encuentra su máximo exponente en los trabajadores del edificio. He preguntado cuál es el salario de estas personas que trabajan limpiando, cocinando o haciendo guardia, y me han dicho que a la mayoría les pagan 3,800 rupias (50€) al mes. Podríamos pensar que es un sueldo adecuado a la media del país. Si bien eso es más o menos cierto, resulta que con ese dinero sólo pueden alcanzar las necesidades más básicas.

En cuanto a la ciudad, todavía no tengo una visión en su conjunto, sino que conozco más o menos bien el barrio en el que estamos y algo de la zona colonial (Victoria Memorial y alrededores), que se encuentra a unos veinte minutos en taxi desde la universidad. El taxi a la zona colonial me costó ayer 200 rupias (2,57€). El Sector III es una zona bastante congestionada de la ciudad. Aquí está nuestra universidad, que se encuentra camuflada entre palmeras, indigentes y basura. Es un barrio con bastante pobreza, pero a menos de dos kilómetros a la redonda hay dos centros comerciales, un cine y dos hospitales. Aquí conviven restaurantes indios comunes, muy baratos, con puestos de comida ambulante. La gente en general hace vida en la calle. Allí pasan las horas. Es impresionante en este barrio la cantidad de basura que encuentras en el suelo. La gente orina en la puerta de la universidad sin ningún tipo de escrúpulo (tanto hombres como mujeres, como cualquier noche por España, así que nadie se alarme). También hay muchos perros abandonados, que viven en la calle y suelen dormir en el campus. Son perros sin dueño y sin sentimientos. Duermen gran parte del día y nunca ladran o intentan hacer nada. Son como los bengalís. Ahora bien, algunos amigos me han dicho que los han visto pelearse hasta dejar al adversario moribundo.

Los indios por lo general son algo tímidos y serios a primera vista, aunque hay casos especiales en los que encuentras al indio más feliz del mundo, como es el caso de Phatù, un quiosquero del barrio que dice que es del Real Madrid.

Al verme por la calle muchos me miran extrañados, avisan al de al lado, comentan algo y se ríen en mi cara. La clave en esas situaciones está en sonreír y sacar el dedo pulgar en todo momento, pues aunque no hablen inglés lo entienden al instante y les empiezas a caer bien. La gran mayoría de la gente de la calle no habla inglés o sólo conoce algunas frases o palabras. En cambio, en la universidad la gran mayoría tiene un buen nivel de inglés. Por cierto, hasta ahora sólo he visto a cuatro blancos más; tres en la zona colonial turística y uno en un autobús en mi barrio.

Como muchos sabéis, llevo ya bastantes meses sin pasar por la peluquería y en estos momentos tengo una melena “afro” algo impactante. Muchos indios se quedan mirándola con admiración y hacen algún comentario amistoso. El otro día uno se bajó de una bicicleta para decirme que teníamos el mismo pelo. Gente peculiar los indios.

Ya he dicho que los bengalís tienen fama de vagos, que se pasan el día durmiendo. No es raro ir a un puesto en la calle donde venden bebidas y encontrar al vendedor durmiendo sobre la nevera. Tampoco es raro entrar en una oficina de la administración de la universidad para toparte con un funcionario durmiendo en la silla. El otro día tuve que despertar a uno para que me diese unos documentos que tenía en la estantería (los estaba viendo con mis propios ojos) y me dijo que volviese en tres días porque no los tenía.No debería haberle despertado, la verdad. Ya que he dicho la palabra “funcionario”, me gustaría que supieseis que si en España ya nos parece exagerada la cantidad de ellos que hay, aquí no tiene comparación. La ciudad está llena de edificios de la administración pública. En casi todas las calles hay un puesto de policía, una caseta, donde pasan el rato dos funcionarios que no hablan inglés y no ayudan en nada. Muchos echan la culpa al Partido Comunista indio, que ha gobernado en Calcuta durante varias décadas.

Vamos a hablar de precios. El sábado cené en un restaurante por 1,60€ y me puse las botas (una especie de arroz tres delicias y pollo al curry). El restaurante se llama Alibaba y está medianamente cerca de la universidad, aunque hay que coger un rickshaw o un auto. Un viaje de dos kilómetros en rikshaw empujado por un anciano en sus últimas horas cuesta algo más de 70 céntimos, aunque el domingo le di 25 céntimos (no tenía más) y no puso ningún problema. Podría seguir con una larga lista de precios irrisorios.

Eso sí, tengo mucho cuidado con lo que compro en la calle. La primera semana compramos unas chocolatinas y dentro del envoltorio había hormigas. También con el agua que te venden en la calle.

En cuanto a la parte académica, puedo decir varias cosas. En primer lugar, que muchos de los profesores tienen un acento extremadamente difícil de entender. En segundo lugar, que los indios son gente muy inteligente e intervienen mucho en clase. En tercer lugar, que tengo que cursar cinco asignaturas. En cuarto lugar, que no me apetece hablar más de la parte académica.

Finalmente me gustaría hablaros de mi adaptación. Respecto a la comida, poco a poco mi estómago va tolerando todos los tipos de especias picantes y en general como todo lo que me ponen. En el comedor no nos dan plato así que cada uno tiene que llevar el suyo y luego limpiarlo en unos fregaderos que hay en la cocina. Yo he optado por comprar platos de plástico y no reutilizarlos, evitando así enfermedades. Por otra parte, la mayoría de los estudiantes come con las manos, no utilizan cubiertos. Estuve haciendo lo mismo durante una semana hasta que me hice con unos tenedores de plástico. Es asqueroso.

El clima en estos momentos es bastante extremo para un blanquito europeo como yo. Nada más salir de la ducha empiezo a sudar. Algún día dejaré de ducharme.

En las clases hay aire acondicionado, y he tenido suerte porque es el primer año que lo tienen. Antes muchos se tenían que quitar la camiseta y al utilizar los mil ventiladores que hay en cada aula no podían oír al profesor. No obstante, muchas veces hay apagones en medio de clase y entonces se convierte aquello en una sauna. En los cuartos tenemos sólo ventilador, y ahora que voy terminando de escribir ha vuelto la electricidad y con ella el aire fresco del ventilador, que lo echaba en falta.

Finalmente, respecto al monzón (muchos me habéis preguntado si está lloviendo mucho), la verdad es que está lloviendo poco. Suele llover dos veces al día durante cinco minutos con gran intensidad, y luego vuelve a salir el sol y el cielo azul. De todos modos, me han dicho que en agosto nos tocará alguna semana de lluvia sin parar.

Si habéis llegado hasta aquí es porque me echáis mucho en falta o porque queríais leer que me habían detenido en aduanas, me estaban llevando a un crematorio, me habían comido unos cocodrilos en el Ganges, me había perdido en un slum de Bombay, me habían contagiado el cólera y el tifus o me había hecho estrella de Bollywood o Saa-dhu y me había retirado a los Himalayas para vivir en austeridad y alcanzar así la iluminación. Pero como podéis observar, me encuentro con todas mis facultades en Calcuta y no os podréis librar de mí por mucho tiempo.

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