Tú a Bilbao y yo a Calcuta

La familia visita a Mulerías en Calcuta.
No había parado de llover. Tumbado sobre mi chattai podía escuchar el impacto de las gotas en la calle. Incluso pude notar su eco por todo el campus, vacío desde hacía una semana. Casi todos se habían marchado, cada uno con sus razones. No importaba, las vacaciones nos las daban el nueve de octubre y por irse siete días antes no nos íbamos a poner todos a correr y a hacer el indio, llevándonos las manos a la cabeza como locos. De todos modos, los profesores llevaban ya dos semanas cancelando clases bajo cualquier pretexto, algunos ni siquiera hacían acto de presencia y los más madrugadores se llenaban de furia. Después se acercaban a la entrada de atrás del campus para que el amable Bijou les preparase el desayuno. Un chai en estado de ebullición les calcinaría la lengua y dejarían de pensar en los estudios. Que aquí no hemos venido a estudiar.
Pero todo esto era agua pasada y los madrugadores se habían marchado. Incluso los más vagos, que todavía no habían abierto un libro, se sentían cansados y evidentemente debían volver a sus pueblos. No era mi caso. Yo no volvía a España. Una delegación vasca venía a mi nueva ciudad: la familia. No en su totalidad, pues los despachos de Madrid no dan respiro a quienes se dedican a las leyes, pero una buena representación al fin y al cabo.
La tarde anterior apenas hice nada. Los últimos preparativos previos a un viaje de 33 días sin dormir en la misma cama estuvieron desatendidos durante seis horas porque como es costumbre se fue la electricidad. Y como aquí anochece sobre las 17.30, sin luz no hay quien prepare nada. Así que no me quedó otra que esperar con los que aun vivían en la residencia, quizás con miedo a regresar a sus casas y que no se acordasen de ellos. Dice un dicho bengalí que a Calcutta uno llega con el rabo entre las piernas y con lo justo para pagarse un hostal y sale sin rabo ni rupias en el bolsillo, que esta ciudad arrasa con todo.
Cuando volvió la luz metí todo malamente en la maleta, subí una foto rigurosa a Facebook (como un auténtico pringao), recibí más de un centenar de likes, apague el ordenador, lo escondí detrás de la nevera (estoy seguro de que alguien va a entrar en mi habitación durante esta larga ausencia) y me fui a la cama. En la víspera de un viaje que parece estar dejando una huella importante en mi vida, apenas dormí dos horas.
Al despertar, como os decía, estaba lloviendo. Eran las cuatro de la mañana. Ducha de agua fría y llamada al taxista. Como era de esperar, incluso habiéndome prometido estar a las cinco en la puerta, le dijo a mi interprete que no iba a venir.
No preguntéis como, a las 5.20 estaba en el aeropuerto. La familia. Llegaron dando el cante. No me quejo, aquí es prácticamente imposible no llamar la atención. Su pinta de turistas y la enorme melena rubia de mi hermano Carlos hicieron de señal para que todos los timadores se acercasen a nosotros. Con un hindú mediocre, pero el necesario para espantarlos, me dirigí a ellos. No obstante, al final fuimos presa de un charlatán que nos engañó para que fuésemos en su taxi clandestino. Se me caía la cara de vergüenza.
Durante todo el trayecto hasta el hotel mi padre, ex piloto de rallyes, con un gran acervo en el mundo del motor y varias decenas de trofeos en las paredes de Gohierri 3, estuvo increpando al conductor por la velocidad a la que conducía y los riesgos que tomaba. “No pasa nada, papá, confía en él”. Mi madre, mientras tanto, hacia los típicos comentarios de madre. “¡Mira la vaca!”, “¡ay, ay, ay la moto!”, “¡mira los sarees!”, “¡qué horror!”, “¡pobre!”. El hermano, con media cabeza fuera del Ambassador, sacaba fotos de todos los que desde los otros vehículos le saludaban. ¡Qué inocente! Entonces me imaginé cómo iba a acabar de ser el centro de atención y de que la gente le parase en la calle para fotografiarse con él. Lleva tres semanas en la India y ya no los aguanta.
 
Después del depresivo viaje hasta el Hotel Oberoy (un oasis en medio de esta infame ciudad), que es como lo percibieron, nos instalamos en la habitación. No me apetece contaros muchas cosas por ahora, y no quiero aburriros, así que hablaré de lo más importante.
“A primera vista, para el turista de fuera o el profano, el Durga Puja puede parecer una versión hortera de los pasos de Semana Santa.”
Estuvieron en Calcutta tres días, coincidiendo con la festividad hindú del Durga Puja, que a grandes rasgos conmemora el triunfo del bien sobre el mal, y cuyo icono es la diosa Durga. Lo más impresionante es cómo la ciudad pega un cambio brutal durante esta semana. Cada barrio o gremio construye su pandal, que consiste en una instalación masiva llena de luces, música y color, y que contiene en su interior (muchos son autenticas edificaciones) un ídolo de la deidad, tallado en arcilla, y que al final sumergen en el Ganges en forma de ofrenda. En estos pandals, realmente obras de arte, se adentra la gente antes, durante y después del festival, que atrae a la ciudad a miles y miles de personas. Las calles se inundan de gente, las estaciones de tren no dan abasto, y quienes se dedican profesionalmente a la talla de los ídolos trabajan día y noche para ser los mejores. Muchas empresas, al igual que partidos políticos locales, aprovechan para patrocinar los pandals. A primera vista, para el turista de fuera o el profano, el Durga Puja puede parecer una versión hortera de los pasos de Semana Santa. Los pandals representan escenas de la tradición hindú, alrededor de la diosa Durga, y tienen un colorido y detalle impresionante. Por otro lado, al igual que en el sur de España, el tema funciona como cofradías, y organizan eventos paralelos (desde la subida de la diosa al soporte hasta tómbolas). De todos modos, es difícil describirlo, así que os invito a que vengáis y os empapéis de esta tradición que cada año pone la ciudad patas arriba. Eso sí, yo me quedo con nuestra Semana Santa, sin lugar a duda.

Durante su estancia, llevé a mi familia a varios lugares. Primero les enseñé la universidad y mi barrio, la residencia y mi vida cotidiana. Les mostré el Victoria Memorial y sus jardines. También el templo de Kali (Kalighat), que detesto particularmente porque allí reside una plaga de indecentes que hacen de la religión un lucrativo negocio, desvalijando a turistas despistados, obligándolos amablemente a contribuir con dinero al templo y al hospital de “niños enfermos”. Cuidado.
También paseamos por el Maidan (el parque principal de Calcutta, que es ya una institución en sí mismo): entre cabras y pastores una soleada mañana de octubre, y entre niños volando cometas y jugando al cricket a media tarde. La trágica creación del parque (supuso la destrucción de un barrio entero) trajo a la ciudad un lugar donde descansar y hacer deporte lejos del insaciable bullicio metropolitano. Bueno, en realidad esta faceta sólo llegó cuando por fin se marcharon los ingleses. Antes de eso era un jardín privado para que los roast beef jugasen al polo y los morenos los abanicasen con hojas de palmera. Esto lo he visto yo con mis propios ojos en pinturas del diecinueve en un museo de Delhi.
“Antes de eso era un jardín privado para que los roast beef jugasen al polo y los morenos los abanicasen con hojas de palmera.”
Vimos el Howrah Bridge, el tercer puente en suspensión más grande del mundo, y el más concurrido del planeta, con cien mil vehículos y ciento cincuenta mil peatones transitándolo al día. Cruzar el puente en taxi o a pie es un espectáculo. Estos setecientos metros que unen las dos orillas del rio Hooghly contienen una de las imágenes más fieles del día a día de la ciudad. Basta pararse un minuto a observar para ver muchas de las facetas de Calcutta.
 
Cenamos en Peter Cat y en Mogambo después de largas esperas (por la época en la que estábamos y porque son de lo mejorcito de Park Street, la única calle en la que se puede encontrar a alguno de los poquísimos extranjeros que visitan Kolkata). También probamos el peculiar Ballygunge 6, un hito de la comida bengalí, recomendado por el profesor más gordo de mi universidad y en un barrio adinerado de Calcutta. Una visita obligada.
Sobrevivimos una vez más a New Market y sus exaltados negociantes. Pero en definitiva sobrevivimos a las calles abarrotadas, a la dureza de sus gentes y a la cruda realidad de Calcutta en general. Una visita al enclave de las Hermanas de la Caridad, misa incluida, nos dio cierta esperanza (a mí muy poca) de que las cosas se pueden cambiar. La estancia en el Hotel Oberoy a mí personalmente me proporciono un cuarto y una piscina impresionantemente agradable donde escapar unas cuantas horas del deprimente ambiente en el que vivo desde hace ya más de cuatro meses. Pero que me gusta.
En definitiva, fueron tres dias de Durga Puja muy ajetreados que, sobre todo a mi familia, les aportó una experiencia totalmente nueva.

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