Udaipur

Recuerdo Udaipur con una efímera nostalgia, de las que visitas relajadas pero cortas provocan en el viajero con debilidades por el turismo sedentario. Sus limpias calles, sus coloridas fachadas y un honorable silencio me ofrecieron una serenidad sólo comparable con la que viví en la vieja Florencia. Aunque en otros aspectos difiere de la lejana villa de la Toscana, Udaipur es una ciudad de callejuelas.

Por supuesto, estoy exagerando. Esta mañana me he inclinado por la literatura estilo Lonely Planet. Pero la realidad que plasmo yo aquí tampoco es tan distante como la que aparece en la guía Lonely Planet y la que uno encuentra después (ejemplo, las archiconocidas referencias a las aguas cristalinas de Kerala, de las que ya hablaremos y que no existen más que en la cabeza de los redactores). Ya pondré a caldo a la guía cuando llegue el momento de arrojarla al Ganges.

El caso es que Udaipur fue la primera ciudad que visitamos del estado del Rajastán (que por cierto es el principal destino turístico de la India). Allí vimos las primeras vacas jorobadas del viaje, conocidas entre los doctos como cebús. Precisamente, en Udaipur hay una gran cantidad de vacas campando a sus anchas por las calles (normal en un estado con un gran sector ganadero). A veces asustan a los novatos cuando los taxis las esquivan a grandes velocidades. Sin embargo, como si hubiese ocurrido una mutación poblacional, en Udaipur no parece haber tantas personas por metro cuadrado como en otras ciudades. Por ello anoté en su día que es un oasis en un país de masas. Incluso, un pueblo, con ciertas reminiscencias a la España rural.

Como era de esperar, es una ciudad de palacios. Para mí fue el primer contacto con el lujo de los marajás. Cerca del palacio principal están los hoteles de hiperlujo asiático. Allí se encuentran dos famosos hoteles, ambos de los más caros del país, y supongo que del mundo entero. El primero, cuyo nombre no recuerdo, está construido en un islote en medio del lago Pichola. El otro es el Oberoy Udaivilas, igual de emblemático e incluso más sofisticado. En este último, el precio mínimo de una habitación por noche es de seiscientos euros, y la más cara cuesta cuatro mil euros. Cuatro perras, bastante asequible. A nosotros de todos modos nos daba pereza ir.

“Como si hubiese ocurrido una mutación poblacional, en Udaipur no parece haber tantas personas como en otras ciudades. En su día anoté que es un oasis en un país de masas. Incluso, un pueblo, con ciertas reminiscencias a la España rural.”

El nuestro era mejor, lo digo yo. Bueno, realmente no teníamos dinero para pagar los otros. El nuestro estaba en un haveli (palacete donde en épocas de mayor esplendor vivían nobles y personas adineradas). Era muy bonito, con espaciosas habitaciones, jardín, patio interior y piscina. Pero lo más interesante era su restaurante en la azotea con espectaculares vistas al palacio de la ciudad, iluminado por la noche, y donde se servía el mejor butter chicken que he probado en la India y salía del horno el mejor naan que un panadero puede llegar a preparar antes de jubilarse. Un pedazo de hotel, en definitiva.

Volvamos al lujo de los marajás. Interese o no interese, la vida palaciega de los marajás es digna de ser comentada. Cuatro cosas despertaron mi curiosidad. En primer lugar, una enorme bañera que uno de ellos construyó en el piso más alto del palacio y que cierto día llenó de monedas. Luego reunió al pueblo bajo sus pies y desde una ventana las repartió entre sus protegidos. O así es como lo percibió la prole, tan dispuesta siempre a venerar a sus amos. Yo creo que simplemente estaba practicando la puntería con sus sumisos. Y de paso mofándose de ellos, recordándoles una vez más su condición de subyugados.

En segundo lugar, que el lago del que os hablaba constituyó el primer proyecto de ingeniería acuática de la Historia. Fue promovido por un marajá para desviar ríos, traer agua y prosperidad a la ciudad y, de paso, reafirmar su faceta de benevolente. Clásica jugada.

  

En tercer lugar, me gustaron mucho los palanquines (conocidos aquí como Taam Jams) en los que el soberano y su familia eran transportados. Estaban tallados en madera o bañados en plata y oro, adornados con motivos de animales, como cabezas de tigre. Muy bonitos. Curiosamente, son una versión más sofisticada de los rickshaws que hombres a pie arrastran para transportar a gente, y que en la India sólo se pueden encontrar en Calcutta (¡toma ya!).

“El lago, primer proyecto de ingeniería acuática de la Historia, fue promovido por un marajá para traer prosperidad a la ciudad y, de paso, reafirmar su faceta de benevolente. Clásica jugada.”

En cuarto lugar, las actividades cinegéticas de palacio. Numerosas pinturas mostraban monterías de tigres, ojeando con elefantes. De todos modos, supongo que la caza sería como la de nuestro marajá español, por tanto no dudaría que algunos de los tigres estuviesen drogados con masala.

Dejando a un lado los lujos y adentrándonos en el mundo espiritual, voy a hablaros del primer templo jainista que visitamos. El Jainismo, para los que no lo sepáis, es una religión que forma parte del concepto general del Hinduísmo, pero que se desmarca de éste en ciertos aspectos, como los textos sagrados, que no los reconoce. Los jainistas más ortodoxos son ultravegetarianos, hay algunos que incluso se tapan la boca para no matar involuntariamente a organismos vivos en el aire. Hay gente para todo.

“De todos modos, supongo que la caza sería como la de nuestro marajá español, por tanto no dudaría que algunos de los tigres estuviesen drogados con masala.”

El templo, que se encontraba a las afueras de Udaipur, era de los más antiguos de la India. Estaba intacto en un entorno natural, rodeado de vegetación, sin ningún tipo de comercialización por parte de las autoridades, a pesar de ser una parada obligada de todos los tours organizados. Una imagen vale más que mil palabras, así que mirad las fotos. También pudimos apreciar por primera vez la importancia del Kama Sutra en el hinduismo, pues además de llenar los escaparates de las modernas librerías de occidente, tiene un significado religioso. Vean, vean.

Por último, me gustaría deciros que en Udaipur fui testigo una vez más de la relación de odio patente entre India y Pakistán desde los apoteósicos tiempos de la Partición (1947). No es la típica relación de es que me cae mal (ojo, franceses). Aquí directamente se matan entre ellos. Esta vez estuvo materializada en un macabro trofeo de las guerras indo-pakistanís. Se trataba de un trozo de un avión pakistaní derribado, expuesto en medio de una rotonda. Aquí no ponen esculturas de Colón ni de Botero, aquí no se andan con tonterías. Tenía la bandera de la media luna de Pakistán dibujada en el ala derecha, y viendo el casi destruido aeroplano exhibido en el país enemigo me pude imaginar la humillación que esto puede suponer al pakistaní de turno. Aunque como por aquí no hay mucho pakistaní de paso, por razones obvias, quizás ni siquiera lo saben. Además allí, conociéndolos, seguro que tienen peores souvenirs de la guerra. Ni los unos ni los otros se libran, ambos están para encerrarlos.

Así son los indios.

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