Vidas flotando

Un hallazgo singular

Llegamos pronto al canal, pero quisimos esperar a que se despertase. Eran las ocho y el discreto bramido de una cascada refrescaba la ligera brisa mañanera. El ambiente era sosegado y estival – cualquiera diría que nos encontrábamos en Londres, y mucho menos a escasa distancia de la City. Estábamos a los pies de un edificio de viviendas acristalado, una antigua nave industrial reconvertida en lujosas guaridas de hípsters en aquel barrio cochambroso, hoy culminando su proceso de gentrificación.

Allí mismo habíamos ayudado la noche anterior a nuestro amigo Eric a atracar su barcaza en la ribera norte del canal, donde el amarre es público. La ribera sur en esta parte del canal pertenece a los propietarios de los edificios que asoman al agua. El entonces anónimo yanqui en apuros nos contó su intención de sacar el barco de la ciudad. Así que al día siguiente nos invitó a acompañarle en su misión. Una travesía de ocho horas por el canal.

¿Canales? ¿en Londres? Muchos desconocíamos el hecho de que Londres se encuentra regado por canales. Kilómetros y kilómetros de canales. De hecho, no es algo exclusivo de esta ciudad, sino que en todo el país existen tres mil quinientos kilómetros de canales (sorprendentemente, la mitad de la población cuenta con un canal dentro de un radio de cinco millas de su casa). Esto se debe a que en el siglo XIX hubo una apuesta fuerte por los canales como vía de transporte, si bien finalmente cedieron al pulso propuesto por el ferrocarril, que se alzó triunfador de la contienda logística. Consecuentemente, en la actualidad estos extensos acuíferos ya no cumplen su original cometido de vía de transporte. Sin embargo, están lejos de haber caído en desuso. Hoy alojan a una diversa amalgama de inquilinos. Personas que han decidido anclar, de forma temporal o indefinida –real o metafórica–, su vida en el canal. Son personas que viven en sus barcos todo el año.

El canal en el que nos encontrábamos aquella mañana es el principal de Londres: el llamado Regents Canal. A principios del siglo XIX el célebre arquitecto y urbanista John Nash inició un proyecto de redesarrollo de una zona al norte del Londres central. Nash quiso aprovechar el impulso de esta faraónica obra pública que pregonaba la inminente Época Victoriana (1837-1901). Así, incluyó las obras de un canal que conectase los concurridos embarcaderos de Canary Wharf con los almacenes de Camden Town.

En sus años de pleno rendimiento durante la época Victoriana, el Regents Canal se benefició además de la red ferroviaria que desde 1838 unía Birmingham y Londres. Desde allí llegaba al corazón del mundo moderno el carbón que mantenía encendida la mecha del progreso.

 

Nuestro anfitrión

Eric es uno de esos hombres acostumbrados a ser un extraño allí donde van. Ha estado en todas partes, es un viajero curtido, y tanto oficio le permite iniciar una conversación rápidamente. Tras unas horas da la impresión de que le conocieses de toda la vida. Además, chapurrea el castellano, pues mientras vivía en Nuevo México organizaba encuentros entre músicos de uno y otro lado de la frontera. Lo hacía para simbolizar la unión inmaterial que unía a ambos pueblos separados por el muro favorito de Donald Trump. Los reunía en un río considerado territorio neutral a bordo de varias embarcaciones. Por tanto, a salvo de las autoridades migratorias yanquis.

Por eso Eric sabe manejarse en el agua e incluso organizar orquestas flotantes por una causa justa. Ese espíritu libre lo ha traído a Londres, donde quiere organizar conciertos a bordo de su embarcación para apoyar a los artistas que poco a poco han sido expulsados de las calles de Londres por la regulación local. No pretende lucrarse mucho con esta aventura empresarial, que incluye tours turísticos por el canal. Su objetivo es que le concedan un permiso de residencia en Inglaterra. Se lo darán si en el plazo de dos años consigue generar dos puestos de trabajo.

Porque le gusta la vida aquí. En los canales ha encontrado una manera de vivir que es singular. Eric afirma que es “muy humana, civil”. Y se aventura a decir: “realmente me gusta, definitivamente no es como el lugar que dejé atrás”. La relación de Eric con los canales es la que puede tener un buen vecino con su barrio. Saluda cortésmente a quienes se cruza, ofrece su ayuda y herramientas, y realiza sus averiguaciones acerca de la situación en el canal millas arriba. Con sus pies descalzos, se mueve por su barco con agilidad y destreza, mientras otea el horizonte urbano – hoy una mezcla entre decadencia y especulación inmobiliaria. Engorrosa tarea es manejar un barco de nueve por cuarenta pies por el estrecho canal de Regent’s. Por eso estaba contento de tenernos a bordo en un día de larga travesía.


El elegante barco de Eric.

La vida en los canales 

Pero la vida en los canales está llena de misterios y contradicciones. En el extremo Este hay una gran cantidad de hípsters, hippies, tirados e incluso punkis. Generalmente, estas tribus urbanas viven en barcos deteriorados por el furioso invierno londinense. Si bien se pueden ver lanchas y barcos hundiéndose a lo largo de todo el canal, los hay quienes mantienen y restauran sus casas-barco sin cesar. Así, no es inusual encontrarse a parejas brocha en mano arreglando un trabajo de pintura desconchado por la humedad del canal y el trabajo del estercolero avícola. Otros son más duchos en las manualidades (o como dicen aquí, el Do It Yourself o DIY) y cortan las propias maderas que necesitan reemplazar, haciendo las veces de ebanista, electricista o fontanero – lo que sea menester.

También hay algunos comercios como una barbería o una biblioteca, ambos negocios a bordo de un barco.

Eric nos cuenta que en el Este reside la gente joven. No es de extañar, pues aquí se forma un cálido ambiente por las noches y cuenta con un gigantesco backyard a su entera disposición: el famoso Victoria Park. Supongo que muchos, además, trabajarán en el mundo del Diseño y es probable que sean asiduos laborales y sociales en el contiguo barrio de Shoreditch.

Para vivir en el canal se necesitan dos cosas. La primera es un barco que flote, y a este respecto las alternativas son infinitas. Aquí importa tanto el tamaño como la edad ya que, como norma general, a más grande y moderno, mayor precio. Pero si la cartera aprieta ante los obscenos precios del alquiler (sólo una de las mil razones por las que acaba uno viviendo en un barco), existen verdaderas gangas en el mercado de segunda mano. Incluso los hay quienes, supongo que ante un verdadero acto de desesperación – o perseguidos por la Justicia – deciden vivir como auténticos polizones, en barcos de rescate marítimo. Además de ser naranjas y romper con la abigarrada harmonía del entorno, se asemejan a submarinos flotantes y carecen de ventanas. El masoquismo de algunos es digno de admiración.


Submarinos flotantes.

La otra cosa que se necesita para residir aquí es un permiso. Lo concede el Canal & River Trust (qué elegante suena todo en Londres) y cuesta ochocientas libras. Esto incluye acceso a algunas duchas públicas, vaciado de aguas de desagüe, y una herramienta de hierro para abrir las esclusas (locks). Estas esclusas son la única forma de subir y bajar el desnivel del río. Pero lo curioso es que el elegante Canal & River Trust no verifica la capacidad natural del contratante para manejar los locks. Ni siquiera ofrece instrucciones. Huelga decir que un mal uso de la rudimentaria tecnología que moviliza las esclusas puede derivar en tragedia. Puede provocar tanto el vaciado de una buena parte del canal como incluso su desbordamiento. Así que el neófito en la vida de los canales debe acudir a sus vecinos para que le enseñen a manejar los locks en sus incursiones río arriba o río abajo.

Por su parte, el permiso de residencia en el canal conlleva una serie de obligaciones, así como las típicas reglas excéntricas que caracterizan a esta ciudad llena de curiosidades. Por ejemplo, es obligatorio mover una milla el barco cada dos semanas. No lo controlan, pero ahí está la norma. Otro dato curioso es que si un pájaro anida en un barco (son muy propensos a hacerlo en los neumáticos que hacen de boya protectora), ese barco tiene derecho a quedarse quieto durante el tiempo que dure el proceso de anidación. Hay algunos residentes – españoles o italianos, seguro – que cuando se hacen con un codiciado amarre salen en busca de ramas para propiciar la anidación. Algunos incluso traerán los huevos de algún supermercado próximo. Pícaros hay en todas partes, da igual el suelo o río que se pise. Por último, está permitido atracar en paralelo con otro barco, pero existen numerosas normas no escritas de cortesía.

Todo esto es muy bonito, sobretodo cuando uno ve que existe cierta harmonía dentro de ese caos que es la vida en el canal. Un orden dentro del desorden. Y para ello no necesitan a la policía. Como un sistema, el entorno del canal se autorregula por sofisticadas reglas de convivencia.

Sin embargo, como en todas partes, hay gente que no es de fiar. No tardamos en averiguar que la razón por la que Eric quería sacar el barco de Londres era para esconderlo. Daniel, un chico irlandés con quien estaba restaurando otro barco de su propiedad, tiene problemas de bipolaridad y abusa de los estupefacientes. Una pelea entre ambos los había separado y ahora Eric sabía que Daniel andaba buscándole por los canales. Tenía miedo por la reacción del chico, así que decidió darle un tiempo hasta que todo se calmase.

 

Río arriba

Salimos desde Victoria Park, en el extremo Este del Regents Canal, desde donde se puede continuar hacia el sur hasta la cercana Canary Wharf. Pero nuestro rumbo es hacia el Oeste, hacia Wembley.

Desde nuestro punto de partida y a medida que avanzamos río arriba, el entorno llevará a cabo una larga metamorfosis. Pronto tenemos que cruzar el Túnel de Islington, un túnel de un kilómetro de longitud, al final del cual lo único que se distingue es un diminuto punto de luz. La oscuridad es absoluta y la humedad es considerable. Las abovedadas paredes de ladrillo, entre las que habrán transitado millones antes de nosotros, son claustrofóbicas. Una tímida lámpara en la proa ayuda a Eric a enderezar el rumbo de su embarcación, que amenaza constantemente con chocar con las paredes. “Bajo el casco bucean las ratas”, comenta mi hermano.

Finalmente, un haz de luz cada vez más prominente nos ciega la vista y deja entrever los aledaños de la imponente estación de King’s Cross St Pancras.


Subiendo el barco. St Pancras Lock.

Han pasado ya dos horas desde que salimos cuando llegamos a Camden Town. Estamos inquietos porque vamos a tener la oportunidad única de abrir los famosísimos locks de Camden. Uno de los mayores reclamos de Londres, con su famoso mercado y, cómo no, con toda la historia que rodea al enclave hoy turístico, industrial en el pasado. Los aficionados a la bien ambientada pero poco inteligente serie de Netflix Peaky Blinders conocen bien el antiguo aspecto de Camden.

Hoy la plaza está vacía. Nosotros aún somos principiantes, pues sólo hemos abierto otras esclusas, torpemente, escasos minutos atrás. Por tanto, la ausencia de público alrededor juega a nuestra ventaja. En circunstancias normales, los centenares de turistas curiosos y borrachos deslenguados habrían hecho que la tarea se convirtiese, cuanto menos, en estresante. Es curioso ver cómo a menudo la embriaguez otorga un peculiar conocimiento de causa y oficio a la multitud. Sorprendentemente, la presencia de una corpulenta pinta en la mano (una stout, valga la redundancia) concede al personal carta blanca para verter su opinión sobre cualquier cuestión que se suscite a su alrededor. En este caso, la eficiente operación de esclusas en afluentes urbanos.

Pero tras todo el estrés generado, conseguimos realizar la labor con cierta desenvoltura, y tras subir el barco al siguiente nivel, podemos continuar la marcha. Operar unas esclusas en circunstancias normales exige una inversión de quince minutos. No obstante, en caso de abundante tráfico de embarcaciones, es preciso esperar a que el agua se rellene, lo que puede extenderse en otros veinte minutos más.

Esperando a que el nivel del agua suba para elevar el barco. Camden Locks.

Continuamos la marcha y cruzamos otro túnel. Al otro lado, una infrecuente calma anuncia la llegada a Regent’s Park. Suntuosos palacios y mansiones ajardinadas nos miran con arrogancia. Muchas son embajadas, otras son residencias de árabes. Quizás también de algún inglés adinerado, tiene algo de sentido. Pero también es el hogar de animales cuyo hábitat artificial es el admirable Regents Zoo. Londres siempre ha sido una auténtica mezcolanza de etnias, personajes y, gracias al zoo, también de especies animales.

Aquí el canal presenta curvas exageradas, que serpentean entre lujosas propiedades. Eric comenta que puede deberse a un problema legal durante su construcción. Muchos terratenientes debieron de resistirse a que las pestilentes mercancías industriales pasasen por su jardín. “Simplemente tenían que cavar una curva, sabes”, comenta Eric. Yo también me habría opuesto.


Cruzando Regents Park

A estas alturas el río se ha ensanchado, se ha descongestionado y en cuestión de minutos hemos llegado a Little Venice. El distrito de Paddington ha encontrado en esta parte del canal un atractivo foco turístico, y hace tiempo que comenzó a rehabilitarlo y llenarlo de bares y cafeterías a bordo, zonas de esparcimiento, etcétera. La gran ventaja de esta zona es que se encuentra a poca distancia de Portobello Road. Por tanto, es un entretenido plan para quienes acuden a su mercadillo.

En esta zona hoy en día viven personas de más avanzada edad. Es mucho más tranquilo y en muchos casos son matrimonios que llevan décadas viviendo a flote.

Pero no por ello pierde su interés. Todavía allí nos topamos con un imponente barco que en poco se asemeja al de nuestro anfitrión. De hecho, apenas parece un barco. Es como si hubiesen construido una casa encima de él. Tiene dos niveles, terraza y un bonito mirador acristalado. También cuenta con un pequeño jardín cerrado en el propio paseo que bordea el canal. Suponemos que esos amarres son privados. Entonces descubrimos que este barco es tan bizarro como su dueño: el fascinante Sir Richard Branson. Cuenta la leyenda que el exitoso creador del universo Virgin comenzó sus andaduras por aquí, en los canales de Little Venice. Lo hizo mientras residía a bordo de un pequeño barco en el mismo enclave donde hoy se encuentra esta enorme construcción flotante, que ha querido conservar personalmente. Varias décadas y millones de libras después, hoy vive en su lujoso retiro de las Islas Vírgenes.

Otro hito de la travesía está en Kensal Town, un poco más al oeste: la Trellik Tower, popularmente conocida como el edificio Goldfinger, por ser el apellido de su arquitecto. Se trata de un edificio brutalista construido en 1972 y que hoy se ha convertido en un edificio muy demandado. Motivo de culto arquitectónico, su aspecto es tan agobiante como desagradable de observar. Nunca entenderé por qué los arquitectos, desde su gran sillón de superioridad estética, son seducidos y sermonean al personal con todas esas construcciones que rompen con la armonía del entorno ; ¿acaso les atrofian el buen gusto en la Facultad?

 

Las vidas que conocimos

A lo largo de este camino nos hemos topado con múltiples personajes. Entre otros, un auténtico pirata del siglo XXI que vive “por ahora” en un tramo de Kensal Town. Nos saluda con suspicacia y vuelve a enterrar su vista en la chatarra que acumula en su bajel pirata.

Para su decepción, Eric decide atracar justo enfrente para hacer un descanso. El sitio elegido no es casual. Se trata del único pub que cuenta con una terraza que asoma al canal. El lugar es idílico. El amarre, por supuesto, pertenece al pub y no es público. Pero Eric está en conversaciones con el gerente del mismo para organizar sus conciertos allí. Por eso asume que no hay problema en que nos colemos. Desembarcamos y nos acomodamos en unas mesas de picnic. Eric descorcha una botella de Rioja que tenía preparada para la ocasión y bajo un sol espléndido comemos y bebemos con jovial apariencia.

Avanza la tarde y seguimos nuestra excursión. “Felices pascuas”, saluda Eric a unos jóvenes que venden brownies de marihuana a los viandantes. “Oh sí, he oído hablar de eso”, contestan.

Un poco más adelante pasamos por las Fruit Towers – las oficinas centrales de la exitosa marca Innocent Drinks. Queda como visita pendiente para el futuro. Por la parte de atrás del edificio pasea un señor de oscuro semblante. Viste un kurta negro y unos mocasines de borlas.

Finalmente, cuando ya está cayendo el sol sobre Paddington, Eric nos presenta a Ryan. “Es el mayor personaje del canal, ahora veréis.” Ryan es un gitano británico, lo que se conoce aquí como Irish traveler. Lleva tatuado su nombre detrás de la oreja, por lo que es fácil acordarse de él. Su historia es de lo más rocambolesca. Comenzó sus andaduras aquí junto a su perro, un mastín de cincuenta kilos, vendiendo drogas en el canal. Cuentan que una vez su madre envió a unos matones a pegarle, y que tiene amenazas de todos los delincuentes del canal. Por eso no encuentra trabajo aquí. Aunque tiene amigos, nadie quiere contratarle. Quizás sea por su pasado, o porque con su alarmante sobrepeso no pueda realizar las tareas más simples. Ryan está cansado y quiere marcharse. Quiere dejar la desagradecida vida en el canal y ha puesto su barco en venta. Y así poder irse cuanto antes a una caravana que le ha ofrecido un primo suyo. No tarda en levantarse la camiseta y mostrarnos todas las cicatrices de una vida errática. Son cuchillos y destornilladores que le clavaron en el pasado.


El bueno de Ryan contándonos su vida.

Hoy pasa los días sin pena ni gloria. Es el único de todo el canal que se baña en sus sucias aguas y su barco es miserable. A menudo se le acercan otras almas vagabundas, quizás viendo en él un igual, aunque Ryan pueda dormir todas las noches bajo su propio techo. “Debería empezar a preocuparme cuando cinco personas diferentes me entregan una Biblia en la misma semana”, exclama Ryan mientras un vagabundo de pobladas barbas le hace entrega de, cómo no, la quinta Biblia de la semana. Ryan le corresponde regalándole unos calcetines.

Pronto se bajan de una sobrecargada barcaza dos jóvenes polacos. Sus oscuros rostros tostados por el sol e impregnados de grasa y polvo negro delatan su profesión. Transportan butano y carbón para suministro de los residentes en Regents Canal. Parecen rockn’rollas y tienen muy mala pinta. Pero encienden un cigarro, se sientan junto a nosotros y saludan amablemente. Pronto retoman su viaje y se pierden en el horizonte. Quizás vayan a Wembley. O quizás no vuelvan nunca más.

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