Ziro: donde no queda nada.

Mulerías se adentra en uno de los territorios más vírgenes de la geografía Índica. Arunachal Pradesh es todo y a la vez es nada. Las cumbres selváticas, las plantaciones de té y las tierras fértiles. Retrocedemos en el tiempo para sentarnos a la mesa con la tribu de los Apatani.

“Me dan pena los seguratas porque tienen que mirar hacia el otro lado”, me comentó borracho en un momento de inspiración literaria, muy orgulloso de su ocurrencia. “Por lo menos en Ziro pueden ver el paisaje”, contesté yo tajantemente mientras me rociaban la cabeza con cerveza de arroz.

Os voy a hablar sobre el Noreste, el territorio más virgen del país, las cumbres selváticas, las plantaciones de té y las tierras fértiles. Donde uno no llega por casualidad. Tampoco sin esfuerzo. Dieciocho horas en tren son las mínimas necesarias para alcanzar Guwahati (Assam), para nosotros veintidós. Pero en la que es la capital mundial del té no termina el viaje, sino que no ha hecho más que empezar. Un jeep de la época de Matusalén nos recogió a ocho personas y nos llevó hasta el valle de Ziro, en el estado de Arunachal Pradesh. Este estado fronterizo con China, Birmania y Bután, y en disputa con el primero por considerarlo parte del Tíbet, se encuentra en el extremo noreste de la India. Como podéis ver en el mapa, se trata de una especie de extensión, un cuerno, que parece querer desligarse de la geografía índica.

Una vez más, fue la música lo que me llevó a emprender el tortuoso viaje hasta aquél misterioso valle llamado Ziro. Un festival, en un entorno único, con cuatro amigos y cuatro amigas en tiendas de campaña. Buena pinta, “vuelvo a las andadas”, pensé. Lo de acampar siempre me ha gustado mucho, y lo he hecho en todas partes. Desde la Playa de Sopelana hasta la cima de Mount Killington en Vermont. Tampoco olvidemos el tradicional roadtrip a Hossegor de todos los veranos, las acampadas en Gobiendes (Asturias) y, por supuesto, las que tantos recuerdos traen de la época en que campo significaba Mecachón (Talavera de la Reina). Fue allí donde, casi a la vez que aprendimos a caminar, bajo la dirección del jefe construimos una cabaña de bambú de dos pisos en un árbol, lugar en el que aprendimos a quitar el miedo a estas cosas y a sobrevivir a nuestro modo.

Salimos al mediodía de la estación Howrah (la principal de Calcuta). Viajábamos en sleeper, que es la clase más baja de todas, y de la que ya hablaré en otra ocasión, cuando haya acumulado suficientes historias grotescas como para llenar un par de folios. Por ahora, lo único que tenéis que saber sobre esta clase es que en ella viaja quien no tiene dinero para pagarse un asiento con aire acondicionado y que está a rebosar; llena de vendedores ambulantes, brazos amputados, niños mendigando, transexuales violentos (varias veces me han despertado con un golpe muy desagradable en lo íntimo) y muchos campesinos. En definitiva, el Pueblo (sin las acepciones progresistas, por favor).

El trayecto duró veintidós horas como he dicho, y fue muy ajetreado. Me tocó dormir en la tercera litera, justo debajo del techo. Até la mochila con una cadena y traté de dormir hasta que a las seis de la mañana fui despertado con el sonido de “Biryaniiiiii” y su característico aroma. La verdad, no sé quién puede tomarse un Biryani a las seis de la mañana. Existen manjares más comunes en horario matinal, y sólo después de una buena juerga. Si no preguntádselo a mi amigo Tano, que en una recena de Semana Grande arrasó nuestra nevera y terminó con los huevos duros en un asalto.

Volvamos al tema. El tren por fin llegó a Guwhati, donde contratamos un conductor a quien cada uno pagamos treinta euros, y que estaría a nuestra entera disposición, con gasolina y sus comidas incluidas, durante cinco días.

Diez horas después, ya de noche, llegamos a la frontera (sí, hay una frontera y se necesita un permiso especial para viajar a Arunachal Pradesh). Como estaba cerrada, tuvimos que hacer noche en un pueblo de carretera.

Al día siguiente a las cuatro de la madrugada volvíamos a estar en pie y cruzamos la frontera sobre las once. A medida que nos adentrábamos en poblaciones cada vez más rurales y montañosas, los rostros de sus habitantes se iban mongolizando. Cualquiera diría que no estábamos en la India, pero lo cierto es que la diversidad de razas y etnias es tal en este país, que estos contrastes son totalmente normales. Después de unas seis horas por una carretera mal asfaltada y con miles de curvas vimos el cartel que nos daba la bienvenida al valle. Cinco minutos después habíamos llegado al recinto del festival.

“A medida que nos adentrábamos en poblaciones cada vez más rurales y montañosas, los rostros de sus habitantes se iban mongolizando.”

A nuestra llegada no hubo mucho movimiento. Montamos las tres tiendas de campaña y fuimos corriendo a probar unos tragos de cerveza de arroz, que es el producto local. Se trata de una cerveza muy fuerte, aunque por supuesto hay diferentes tipos. En cuanto a la gastronomía local, he de confesar a mis lectores que durante todo el tiempo que estuve en Ziro tuve una constante tentación de probar la carne de perro, un plato muy normal allí. No empecéis a juzgarme tan pronto porque una cosa es que se me pasase por la cabeza y otra que tomase la alocada decisión de hacerlo. No comí perro. ¿O sí? Bueno, fuera de bromas, el último día estuve a punto de señalar con el dedo índice una enorme figura canina carbonizada que colgaba de un gancho en un puesto de comida construido con bambú (en Ziro todo se construye con bambú, que es el otro elemento clave de su economía junto con las plantaciones de arroz). Sin embargo, resistí a la tentación y me comí un trozo de pollo. O sea, una gallina. No es que lo hiciese por cuestiones morales, pues no veo dónde cabe la moralidad si he comido desde vacas hasta tiburones, y no entiendo los argumentos que utilizan los vegetarianos seculares. No me comí el perro por dos razones: (a) porque antes de emprender el viaje no me lo había planteado y por lo tanto no había formado una opinión al respecto; y (b) porque me aterrorizaba la idea de que, al dar el primer bocado, los mejores momentos con todos los perros que he tenido en mi vida (por orden cronológico: Nambo, Lata, Luna, Ricky, Boris y Ruso) volviesen a mi memoria y me hiciesen sentirme culpable. Y no hay manera de pedir perdón a un labrador. De todos modos, es posible que lo que decían ser pollo, fuese realmente can. Esto lo he leído en el interné.

El festival estuvo muy bien. Jamás he sido el típico adicto a los festivales de música, prefiero ir a conciertos recogidos, pero he de decir que Ziro Festival ha marcado un antes y un después. No por la calidad de la música ni la organización, sino por el lugar privilegiado en el que tuvo lugar, en uno de los valles más bonitos del mundo.

De los tres días que duró el festival me gustaría destacar varios aspectos. En primer lugar, los moteros. Unos llegaban en grupo y otros solos, todos ellos en unas impecables Royal Enfield que todas las mañanas limpiaban y arreglaban (mero postureo, no nos engañemos). Había representación de todos los modelos y todas las cilindradas, en total unas treinta motos. Eran los clásicos moteros yanquees, pero a la oriental. Por las noches se agarraban monumentales cogorzas y con el motor de sus Enfields componían canciones muy rockeras. Una noche les vi bailar el Gangma Style pegando gritos y por muy ridícula que parezca semejante escena, les ayudaba a forjar su personalidad de motero agresivo, sobre todo por la manera bestia en que movían sus enormes cuerpos. En segundo lugar, cabe destacar que en una de mis excursiones por los alrededores debí de meter la pierna en una charca. Al cabo de un par de horas me percaté de que tenía un río de sangre y varias sanguijuelas en la pierna. Siempre me han producido pánico estos invertebrados, pero la verdad es que no sé qué peligro tienen. Acabo de leer en el interné que “ciertas sanguijuelas que viven en la vegetación y en el suelo de Asia tropical se fijan en número importante en el hombre y les provocan trastornos graves.” De momento no he notado nada, pero os mantendré informados. Ya tengo suficientes trastornos en mi cabeza. Me estoy empezando a preocupar, cambiemos de tema. En tercer lugar, el buen rollo que había en el festival por parte de los espectadores era interesante. Algunos músicos, sin embargo, se sentían muy especiales, intelectuales quizás, y lo cierto es que llevaban un buen tortazo encima (este es el único inconveniente cuando asistes a un festival donde hay una gran población de indies, alternativos o modernos en general). Otros músicos, que daban la nota a su manera, realmente eran especiales, y pasé mucho tiempo hablando con ellos. Por último, en uno de los conciertos el vocalista, viéndome bailar, gritó: “¡tenemos a un blanco en el público!”. Parece una tontería, pero imaginaros qué pasaría si en España, en una verbena de pueblo por ejemplo, un cantante dijese: “¡tenemos a un negro en la verbena!”. Se liaba el taco.

Hablemos de la tribu de los Apatani, que son los indígenas de la zona. Son muy peculiares. Se caracterizan principalmente por ser agricultores sedentarios (apenas vi ganadería). Tienen su propio idioma y viven en poblados distribuidos por toda la región. Las mujeres llevan dos piercings dilatadores en la nariz, uno a cada lado, y un tatuaje en la frente (una línea vertical). Sin embargo, esta práctica se está extinguiendo con las nuevas generaciones. El origen de esta tradición tiene su origen, según pude aprender de un documental de la BBC, en las violaciones que sufrían estas bellas mujeres por parte de otras tribus. Esto les llevó a tatuarse y perforarse la cara, de tal modo que ya no fuesen tan atractivas para los agresores.

Me gustaría resaltar que los jóvenes locales que conocí durante mi estancia, aunque exaltaban su tradición, parecían reacios a continuar tal y como había subsistido durante tantos años. Un niño que estuvo bailando conmigo en un concierto me dijo lo siguiente: “mi abuela tiene un tatuaje en la frente, pero nosotros somos una nueva generación”. Después de decirme esto pude ver que llevaba unos tirantes y varias pulseras con la bandera de los Estados Unidos. De la decadencia de las tradiciones y del imperialismo yanqui ya hablaré en el futuro cuando tenga más criterio del que puedo tener ahora, pero presiento que esto va a dar de qué hablar.

Uno de los días mientras daba un paseo por los alrededores y grababa a las mujeres mientras recogían la cosecha, entré en dos poblados. Ambos eran muy silenciosos. Era mediodía y supuse que estarían trabajando, pues al anochecer muy pronto necesitan aprovechar toda la luz posible.

En el segundo poblado al que entré decidí intentar hablar con ellos. Así que pregunté cómo se decía buenas tardes en el idioma local – alo yiho. Con semejante tesoro empecé a subir por el camino principal. Un anciano desdentado me miraba atónito, así que le ofrecí una galleta y le dije alo yiho. Se empezó a reír y me dio la mano. Luego seguí el camino hasta que llegué a una calle más estrecha llena de cabañas. Entonces noté que un niño me observaba desde la puerta de su casa. Le saludé sonrientemente y resulta que hablaba inglés bastante bien. Estuvimos de palique durante un rato y pronto salieron su madre y su tímida hermana pequeña, que me invitaron a comer.

La casa era pequeña, simple, pero muy acogedora. El niño tenía diez años y en la escuela había aprendido a hablar inglés mucho mejor que cualquier españolito a su edad. Estaban muy interesados en saber sobre mí, al igual que yo sobre ellos. Me contaron que eran Cristianos Baptistas, mientras que la religión principal es Donyi-Polo (por la que se adora al dios del Sol y de la Luna). Su condición de cristianos baptistas se debe, supongo, a la enorme presencia de misiones católicas y baptistas que noté en la región, las cuales contaban con sus respectivas escuelas. También me preguntaron si estaba casado, pues a mi edad si fuese Apatani ya estaría casado. Les pregunté por los machetes que colgaban de la pared, que por lo visto eran del cabeza de la familia.

“Les pregunté por los machetes que colgaban de la pared, que por lo visto eran del cabeza de la familia.”

En cuanto a la comida que me dieron, dejando el mango aparte, es de lo peor que he probado en toda mi vida. Con cada cucharada asomaban náuseas, aunque fui capaz de convertirlas en sonrisas dirigidas a los atentos ojos que me observaban mientras comía. ¿El menú? Arroz fermentado, por supuesto. Con una salsa de un vino fortísimo, que mis anfitriones suavizaron con varias raciones de azúcar. Fue como comer un enorme plato de vino de brick sólido, quizás peor. Creo que salí con una pequeña borrachera involuntaria de allí. ¡Perros viejos los Apatanis!

Estuve allí durante un par de horas. Tenían una televisión del año de la Polca, o de Tagore más bien, donde estaban viendo Goa, Goa, Gone, una película de Bollywood tan mala que roza lo aberrante. El niño me preguntó si la conocía y se sorprendió cuando le dije que sí. Después la madre, que no sabía siquiera una palabra de inglés, me preguntó a través de su hijo cuáles eran las cosechas en España. A esto le contesté con una ignorancia absoluta, aunque por supuesto haciendo gala del aceite de oliva, las naranjas, el vino, los tomates y hasta los plátanos de Gran Canaria. Esta fue la pregunta que más interesó a la madre, y no me extraña, pues la verdad es que la vida de esta gente gira en torno a sus cosechas. A continuación el niño me pidió que le enseñase a manejar mi cámara de vídeo, así que tras unas indicaciones le puse a grabar toda la casa. Gracias a él ahora tengo tomas de la típica casa Apatani que quizás algún día os pueda enseñar.

Cuando estaba ya dispuesto a marcharme, los niños me pidieron un autógrafo. No me podía sentir más importante. Les firmé una dedicatoria, invitándoles a España, aunque tristemente con la certeza de que nunca podrían venir. Bueno, quien sabe, quizás algún día reciba la llamada de aquél niño. También yo les pedí un autógrafo, que adjunto a continuación. Finalmente, quisieron hacerse una foto conmigo. En definitiva, los Apatani que conocí fueron extremadamente amables conmigo y pude aprender algunas cosas sobre su cultura, a pesar de la barrera del idioma.

“Fue como comer un enorme plato de vino de brick sólido. Creo que salí con una pequeña borrachera involuntaria de allí. ¡Perros viejos los Apatanis!”

Volví al recinto del festival y aquella fue la última noche de conciertos, que culminó con una sublime actuación de Lee Ranaldo & The Dust, banda liderada por dos de los míticos neoyorkinos Sonic Youth, y que habían llegado al valle en helicóptero. Aquella noche apenas dormimos, cada grupo de amigos había construido su propia fogata en la colina donde acampábamos. Nosotros teníamos nuestro propio fuego, por supuesto creado por mí, tal y como era de esperar por cualquiera que haya ido al campo o a esquiar conmigo alguna vez, o haya asistido a alguna de mis famosas barbacoas en el jardín. La única diferencia frente a los de los demás fue, no sólo el tamaño y la calidad de la llama, sino el hecho de que varios músicos y directores de cine indios se sentaron con nosotros.

Muy temprano por la mañana salimos de allí en el jeep. La vuelta fue un infierno. Dieciocho horas metidos a presión en un todoterreno que parecía no llevar suspensión. Una revuelta independentista cerca de la ciudad donde cogíamos el tren de vuelta nos obligó a desviarnos, demorando nuestra llegada un par de horas más. Por supuesto, el tren se retrasó cuarenta y cinco minutos. Pero veintidós horas después llegamos a Calcuta, donde me sentí como en casa de nuevo. Parece que ya he hecho de Calcuta mi ciudad, Dios me salve.

El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo.” Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

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